Clásicas – SEEC – Acciones de movilización (Madrid)

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La Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC) ha iniciado unas acciones de movilización en contra de la pretensión de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid de dejar de impartir las asignaturas de Latín y Griego siempre que no las escojan 15 alumnos como mínimo. Para ello han redactado una carta de movilización que puede descargarse en el enlace anterior.

Sin embargo, la experiencia me dice que es mucho más efectiva una campaña en la página de peticiones change.org como la que llevamos a cabo (utilizo el plural porque creo que es labor de todos los que firmaron en aquella ocasión) en junio de 2015 en contra de las Instrucciones de 9 de mayo de 2015 de la Junta de Andalucía que pretendían reducir una hora las asignaturas de modalidad para el curso 2015-2016. Por eso he decidido contribuir a las acciones de movilización de la SEEC con una nueva petición, usando como modelo la carta de movilización redactada por la SEEC. Ya se ha hecho eco de esta petición en su página la propia SEEC, a la que agradezco la rapidez con que han hecho suya mi propuesta. En menos de 24 horas ya se han alcanzado casi las 1000 firmas (919, concretamente, a las 18:30 del día 24 de junio de 2016) en contra de la pretensión de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.

Actualización 7 de julio: También la Asociación culturaclasica.com se ha sumado desde sus páginas a esta iniciativa, así como las Delegaciones de la SEEC en todas las Comunidades Autónomas: como ejemplo de ello, dejo aquí los enlaces a las páginas de la SEEC en Cádiz, Granada, o, entre otras, la Sociedad Española de Bizantinística.

Además, Twitter ha recogido las solicitudes de los usuarios en esta línea del tiempo:

Comunicado de presa de FeSP-UGT Madrid:

 

Comunicado de presa de FeSP-UGT Madrid

Actualización 8 de julio: Y aquí va mi propuesta para resolver este desaguisado. Por fin he conseguido leer las Instrucciones de las Viceconsejerías de Educación no Universitaria, Juventud y Deporte y de Organización Educativa sobre comienzo del curso escolar 2016-2017 en centros públicos docentes no universitarios de la Comunidad de Madrid. El punto más conflictivo se encuentra en el apartado 4.5.3, que dice así:

4.5.3. Materias de Bachillerato
Materias troncales de opción, específicas y de libre configuración autonómica:
En las materias troncales de opción, específicas y, en su caso, de libre configuración, su impartición exigirá un mínimo de 15 alumnos matriculados. Esta limitación numérica no será de aplicación a la impartición de la Segunda Lengua Extranjera, siempre que esto no implique un incremento en la dotación del profesorado y se cuente con un número mínimo de 10 alumnos.
No obstante, las Direcciones de Área Territorial podrán autorizar la formación de grupos con un número menor de alumnos, previa solicitud justificada del centro.
En la materia de Religión, para la formación de grupos se estará a lo establecido en su normativa específica.

No estoy de acuerdo con que se establezcan diferentes categorías entre las asignaturas ni tampoco con la existencia de una normativa específica para la materia de Religión. Tampoco me parece bien la “previa solicitud justificada del centro”: ¿quién haría esta solicitud?, ¿el Equipo directivo?, ¿el Claustro de profesores? ¿Y si el profesor de Latín o de Griego no es de la misma opinión que el Equipo directivo? ¿Tendría que dedicarse a hacer pasillos para mantenerse en su puesto de trabajo?

Mi propuesta sería que la redacción de este apartado fuese la siguiente:

4.5.3. Materias de Bachillerato
Materias troncales de opción, específicas y de libre configuración autonómica:
Las materias troncales de opción, las materias específicas y las materias incorporadas al bloque de asignaturas de libre configuración autonómica se impartirán siempre que el número de alumnos y alumnas que las soliciten no sea inferior a quince. No obstante, estas materias se impartirán siempre a un número inferior de alumnos y alumnas cuando esta circunstancia no suponga incremento de la plantilla del profesorado del centro.

Esta redacción haría posible que, aunque fuesen dos, tres o, incluso, un alumno, los que escogieran las asignaturas de Latín y/o de Griego, podrían impartirse siempre que no supusiese un incremento de la plantilla del centro.

Desde aquí animamos a todos a firmar y difundir esta petición.

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Lope de Vega – Soneto 87 (De Europa y Júpiter) (Tradición clásica)

 

Soneto 87 (De Europa y Júpiter)

Pasando el mar el engañoso toro,
volviendo la cerviz, el pie besaba
de la llorosa ninfa, que miraba
perdido de las ropas el decoro.

Entre las aguas y las hebras de oro,
ondas el fresco viento levantaba,
a quien, con los suspiros ayudaba
del mal guardado virginal tesoro.

Cayéronsele a Europa de las faldas
las rosas al decirle el toro amores
y ella con el dolor de sus guirnaldas,

dicen que lleno el rostro de colores,
en perlas convirtió sus esmeraldas,
y dijo: «¡Ay triste yo!, ¡perdí las flores!»

(De Lope de Vega, Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, 1634)

 

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(Martin de Vos, El rapto de Europa, ca. 1590, Google Art Project)
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Juan Segundo – Basium VII (Tradición clásica)

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Basium VII

Centum basia centies,
centum basia millies,
mille basia millies,
et tot milia millies,
quot guttae Siculo mari,

quot sunt sidera caelo,

istis purpureis genis,
istis turgidulis labris,
ocellisque loquaculis,
ferrem continuo impetu,

o formosa Neaera!

Sed dum totus inhaereo
conchatim roseis genis,
conchatim rutilis labris,
ocellisque loquaculis,
non datur tua cernere
labra, non roseas genas,
ocellosque loquaculos,

molles nec mihi risus;

qui, velut nigra discutit
caelo nubila Cynthius,
pacatumque per aethera
gemmatis in equis micat,

flavo lucidus orbe,

sic nutu eminus aureo
et meis lacrimas genis,
et curas animo meo,

et suspiria pellunt.

Heu, quae sunt oculis meis
nata proelia cum labris?
Ergo ego mihi vel Iovem
rivalem potero pati?
Rivales oculi mei

non ferunt mea labra.

 

(Johannes Secundus, Liber basiorum o Basia, 1541)

 

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Cien veces cien besos, mil veces cien besos, mil veces mil besos y mil veces tantos miles de besos como gotas hay en el mar de Sicilia, como estrellas en el cielo, pondría sin tregua sobre tus mejillas purpúreas, tus carnosos labios, tus ojos locuaces, ¡oh hermosa Neera! Pero cuando como una concha quedo prendido de tus rosadas mejillas, tus labios rojos y tus locuaces ojos, no me es dado contemplar tus labios, tus rosadas mejillas, tus ojos locuaces ni tus sonrisas, para mí tan tiernas. Como el dios del Cinto disipa las negras nubes en el cielo, y en el aire en calma resplandece sobre sus corceles enjaezados, con el fulgor de su halo amarillo, así tus sonrisas, aun de lejos, con un dorado mohín ahuyentan de mis mejillas y mi alma las preocupaciones y suspiros. ¡Ay, qué lucha sostienen mis ojos con mis labios! ¿Podría yo aceptar un rival, aunque fuese Júpiter? Mis ojos, rivales, no soportan ya mis labios.

 

 

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Luis Mosquera – Sofonisbe (Tradición clásica)

Sofonisbe

La tierra, ahita de sangre, semejaba dormir, fatigada bajo el peso de los cadáveres que cubrían el extenso campo de batalla. Revueltos, en hacinamientos informes, yacían, rotas las ruedas, los carros de combate; y los caballos, que al morir, adquirieron absurdas posiciones: encogidas las patas, tenso el cuello, como en los galopes desenfrenados; y los elefantes gigantescos, acribillados de flechas, con los vientres abiertos por el terrible golpe de las espadas romanas. Al fondo, la plaza fuerte de Cirta, era una colosal hoguera, alzando en la noche el ígneo penacho de sus llamas. Al fulgor del incendio advertíanse, tendidos sobre las murallas, torsos desnudos de mujeres, con los senos mordidos por las bocas lascivas de los soldados que las violaron antes de darles muerte; cuervos voraces batían sus negras alas bajo el esplendor de las estrellas, volando lentamente; las hienas, hundidas las zarpas en las vísceras desgarradas, los desafiaban aullando.

El campamento númida, con sus tiendas negras, evocadoras de los arenales del desierto, aparecía formado junto al romano, y, en ambos, era completo el silencio. Las tropas descansaban, embriagadas de victoria y de matanza. Únicamente en la tienda de Escipión y en la de su aliado, Masinisa, se notaba bullir de soldados y siervos. El Príncipe númida, tendido sobre un lecho que cubría una piel de tigre, permanecía en una extraña inmovilidad desde que terminó el combate. Los esclavos continuaban entrando los vasos y las joyas del tesoro de Sifax, el rey vencido. Pero ni las bandejas de oro, ni las ánforas de esbeltos cuellos, parecidos a lises de pórfido, ni las copas panatenáicas, traídas de la Italia durante las expediciones de Amilcar, ni los trípodes representando cuerpos de satirillos, finos como tirsos, bastaban para sacarle de su abstracción. Aún tenía ceñido el coselete que se ajustaba bajo su ancho pecho desnudo; un manto de púrpura caía sobre uno de sus hombros, sujeto bajo el atlético brazo, apto para manejar el enorme escudo forrado de pieles curtidas; grandes aros de oro pendían de sus orejas, entre la revuelta cabellera negra, y en las dilatadas órbitas, revolvíanse sus pupilas con la fiereza de las de los tigres.

El pasado cruzaba ante él en atropellada avalancha de recuerdos.

La Numidia estaba dividida entre Masinisa y Sifax, los dos enemigos eternos. El primero servía en el ejército cartaginés y era el segundo aliado de los romanos. Asdrúbal, para atraerse a Sifax, le dio por esposa a su hija Sofonisbe, a quién también amaba Masinisa. Entonces, este Príncipe, exasperado por los celos, declaró la guerra a su rival, siendo derrotado y perseguido hasta las llanuras de Clipea, donde, hallándose cercado por todas partes, ante el peligro de ser hecho prisionero y llevado a presencia de la mujer odiada por amor, cargado de cadenas, como un vil esclavo, logró salvarse a fuerza de audacia: seguido de sus fieles númidas, curvados los cuerpos sobre los cuellos de los caballos, avanzan en un quimérico galope, entre las filas enemigas; relampaguean bajo el sol las espadas, blandidas con salvaje furia; se llena el aire de relinchos y de gritos feroces, y vencida por sorpresa la resistencia, quedan allá, en la lejanía, los pardos albornoces, flotantes en el azul suntuoso del cielo del desierto…

Cuando Escipión desembarcó en Buen Promontorio, Masinisa salióle al encuentro y le ofreció sus servicios. Ahora, habían derrotado a Sifax, y este, su esposa, sus tesoros, la plaza fuerte de Cirta, todo cayó en poder del indomable Príncipe. La Venganza le brindaba su copa de odios, mientras él teníala asida por la cabellera de sierpes.

Un decurión, presentándose en la puerta de la tienda, distrajo la atención de Masinisa.

— Te traigo un despacho del Cónsul —dijo el romano alargándole una tablilla de cera.

La leyó a la luz de la antorcha de recina que ardía clavada en una pica. Escipión le ordenaba la entrega de Sofonisbe para enviarla a Roma como presente de guerra.

— Dile al Cónsul que será obedecido.

El decurión hizo un saludo y salió de la tienda.

Al quedarse solo, el Príncipe arrojó la tablilla con un gesto de cólera. La orden de Escipión no podía cumplirla. Sofonisbe, la mujer ensoñada en las noches ardientes de los arenales, a través de los claros encajes de estrellas, la deseada de su corazón indomable, la que era para él como el agua pura de los oasis y las sombras de las palmeras, no podía entregarla a los romanos, que acaso la destinaran para sierva de algún viejo patricio, borracho y lascivo.

Hizo una señal a un esclavo negro, que desde un rincón espiaba atentamente los movimientos de su amo.

— Di que traigan a la cautiva.

Partió el esclavo.

Masinisa tomó una de las copas de oro, vertió en ella el contenido de un pomo que llevaba colgado a la cintura, y esperó, en pié, con los atléticos brazos cruzados sobre el ancho pecho desnudo, erguida la cabeza de la revuelta cabellera negra.

A poco, llegaron dos soldados trayendo a Sofonisbe. La habían despojado de sus ropas y su joyas, y venía cargada de cadenas, que le sujetaban las manos y los pies. Masinisa ordenó que se las quitasen y con un ademán despidió a los soldados. Después, brutalmente, arrojó a Sofonisbe sobre el lecho que cubría una piel de tigre.

Aquella, encogióse como una fiera herida, dirigiendo una mirada atónita a su alrededor. Así permanecieron largo rato. Ninguno de los dos hablaba. Luego, ella comenzó a extenderse, lentamente, semejante a una pantera que se despereza, hasta quedar boca abajo, apoyados los codos en el lecho y la barba en las manos. Su larga melena, de azulados reflejos, caíale por la espalda desnuda, cubriendo las caderas amplias. Su piel oscura, brillaba al rojizo fulgor de la antorcha de recina.

Masinisa interrumpió el silencio. Habló con voz sorda, entrecortada, adivinándose el deseo en un hervor de cólera.

— Ya ha terminado todo —dijo—. Ya no tienes reino, ni esposo, ni joyas… Ya eres mía; ¡ya estás en mi poder…!

Sofonisbe inclinó la cabeza bajo el pesado manto de sombra de sus cabellos y tornó a quedar inmóvil y silenciosa.

— ¿No imploras mi piedad? ¿No temes nada de mí? —continuó el Príncipe— Ahora eres más altiva, más audaz que cuando te conocí, en el palacio de Asdrúbal, tu padre, cuando la cadenilla de oro, símbolo de virginidad, enlazaba tus tobillos… ¡Entonces, tenías la cándida gracia de las alondras que cantan al alba! Ahora, no. ¡Has sido reina! Has visto los campos de batalla desde la áurea torre de tu elefante blanco, abanicada por tus esclavas, al lado de tu esposo, que te besaba en los ojos. Has presenciado mis derrotas, has enardecido a las tropas que me perseguían…

Calló un instante. La piel oscura del cuerpo de la hembra, brillaba al rojizo fulgor de la antorcha de recina.

— ¿Te acuerdas, te acuerdas, Sofonisbe? Yo te he contemplado, yo te he contemplado en la terraza del palacio de Asdrúbal, tu padre, mientras tus siervas etíopes te hacían el tocado. He visto trenzar lus cabellos con hilos de diamantes y los he comparado a los siderales caminos, fulgurantes de constelaciones. He visto pulir tus uñas, teñirlas de púrpura y colocar anillos en los dedos de tus pies; te he visto prender el velo, que, como el de Tanit, tenía bordados los signos zodiacales, y te he visto danzar bajo la luna, al dulce son de los monocordios. Tu carne se adivinaba tras los linos sutiles, del color de los dátiles en racimos que empavesan de oro las copas de las palmeras. ¿Te acuerdas, te acuerdas, Sofonisbe? Paseábamos entre los arrayanes del jardín. Un tigre domesticado seguía nuestros pasos mansamente. Yo, entonces, era muy joven; mi puñal, mi precioso puñal de mango de oro, guarnecido de gemas, aun no se había manchado de sangre; tus manos, que olían a canela, acariciaban los laureles-rosa, y las palomas venían a rozar tu frente con la nieve de sus alas…

Interrumpióse, y después, sacudiendo la revuelta cabellera negra, como si despertara de un sueño:

— Ya ha terminado todo —exclamó—. Eres prisionera de los romanos y en breve harás las delicias de algún viejo patricio.

Sofonisbe se incorporó y, fieramente, le miró a los ojos.

— No temas —prosiguió Masinisa—. Toma, esto te salva.

Y le alargó la copa del veneno. Ella, comprendiendo, la apuró en silencio.

— Ese es mi presente nupcial. Nuestras bodas van a realizarse en esta última hora de tu vida.

Se arrojó sobre ella y fundiéronse sus cuerpos como dos bronces.

Amanecía. En el campamento númida, las tropas entonaban un canto tradicional, golpeando a compás los escudos con el puño de las espadas.

Masinisa sentía entre sus brazos atléticos aquel cuerpo tan deseado, estremecido por espasmos de placer y de agonía.

Cuando se alzó, Sofonisbe rodó del lecho, muerta ya. Poseído de terrible desesperación, salió fuera de la tienda, oyéndose el jubiloso alarido con que le aclamaban sus soldados. Sacudió con furia la altiva cabeza y los aros de oro de sus orejas le azotaron las mejillas. Señalando hacia Cartago, gritó:

— ¡Venganza!

— ¡Venganza! gritaron todos y ¡venganza! repitieron los ecos.

El sol, remontándose en el azul, arrancaba destellos cegadores a las insignias militares del campamento romano que comenzaba a formarse en orden de batalla.

(De Luis Mosquera, “Sofonisbe”, en Grecia. Revista de Literatura año I, nº IV, 1 de diciembre de 1918, pp. 11-14)

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1975.33(Giambattista Tiepolo, La muerte de Sofonisba, ca. 1760, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid)

 

8a8ee105-1ab3-4a23-82c0-4aeeb80f3437(Paolo Domenico Finoglia, Masinisa llorando la muerte de Sofonisba (?), Museo del Prado, Madrid)

Fuentes:

  • Livio XXIX, 23 y XXX, 3, 7, 12 – 15.
  • Polibio, Historia Universal durante la República Romana XIV, 1,7
  • Apiano, Las Guerras Extranjeras, “Las Guerras Púnicas” 10, 27, 28

Para ampliar:

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Inmaculada Mengíbar – Un Edipo complejo (Tradición clásica)

 

Un Edipo complejo

Para cuando mi padre
me dio alas,
yo
había tenido tiempo de construirme
un avión.

(De Inmaculada Mengíbar, Pantalones blancos de franela, 1994)

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Más poemas de Inmaculada Mengíbar en el blog Emma Gunst.

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José Agustín Goytisolo – Sobre un poema de Catulo (Tradición clásica)

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Sobre un poema de Catulo

Pedicabo ego vos et irrumabo
Petra asexuada y Juana la supérstite
felices en un reino muy sufrido
en un Parnaso de segunda mano.
Consideráis que soy un mal poeta
pues cantan cosas mías en las calles:
las cantarán después de veinte siglos
aún sin saber mi nombre. De vosotras
quedará acaso el nombre y ningún verso
Gozad ahora vuestra gloria efímera:
Pedicabo ego vos et irrumabo.

(De José Agustín Goytisolo, El ángel verde y otros poemas encontrados, 1993)

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El poema, no yo: José Agustín Goytisolo
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Alfonso Reyes – Ifigenia cruel (Tradición clásica)

(Leído por Alfonso Reyes)

Ifigenia cruel

Personas:

Ifigenia, sacerdotisa y sacrificadora
Orestes, náufrago
Pílades, su amigo
Toas, rey de los tauros
Pastor, mensajero de noticias
Coro de mujeres de Táuride
Gente marinera y pastores, adornados con cuernecillos

(Tarde, costa de Táuride, cielo, mar, playa, bosque, templo, plaza: empieza la ciudad)

I

IFIGENIA (que ha perdido la memoria de su vida anterior)

Ay de mi, que nazco sin madre
y ando recelosa, de mí,
acechando el ruido de mis plantas
por si adivino a dónde voy.

Otros, como senda animada,
caminan de la madre hasta el hijo,
y yo no —suspensa del aire—,
grito que nadie lanzó.

Porque un día, al despegar los párpados,
me eché a llorar, sintiendo que vivía;
y comenzó este miedo largo,
este alentar de un animal ajeno
entre un bosque, un templo y el mar.

Yo estaba por los pies de la Diosa,
a quien era fuerza adorar
con adoración que sube sola
como una respiración.

—Y pusiste en mi garganta un temblor,
hinchiendo mis orejas con mis propios clamores,
me llenabas toda poco a poco
jarro ebrio del propio vino,
si ya no me hacías llorar
a los empellones de mi sangre.

De tus anchos ojos de piedra
comenzó a bajar el mandato,
que articulaba en mí los goznes rotos,
haciendo del muñeco con amenaza viva.

Tu voluntad hormigueaba
desde mi cabeza hasta el seno,
y colmándome todo el pecho,
se derramaba por mis brazos.

Nacía entre mi mano el cuchillo,
y ya soy tu carnicera, oh Diosa.

CORO

Respetemos el terror
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las roscas del templo.

A osadas pretendía hablar
como no hablan viento y mar,
sacudiendo ansiosa los árboles
que respondían a gritos de pájaros,
o arrancando caricias rotas
en el reventar de las olas.

—Hija salvaje de palabras:
¿Quién te hizo sabia en destazar la víctima?
¿Quién te enseñó el costado donde esconde
su corazón el náufrago extranjero?

Íbamos a envolverte compasivas,
a ti, montón de cólera desnuda,
cuando nos traspasaste con los ojos,
hecha ya nuestra ama.

IFIGENIA

Otros se juntan en fáciles corros
apurando mieles del trato:
yo no, que si intento acercarme,
huyo, de mí misma asustada,
como si otro por mi voz hablara.

Otros prenden labios a labios
y promesas se ofrecen con los ojos,
gozando en conciliarse voluntades:
yo no, amanezco cada día
al tronco de mí misma atada.

Otros, en figuras de baile
alternan amigos y familias,
contrastando los suyos con los pasos de otro:
y yo no, que caigo cada noche
en mi regazo propio.

CORO

¿Te dio Artemisa su leche de piedra,
mujer más fuerte que todos los guerreros?
¡Qué cosa es verte retorcer los brazos
en el afán de ahogar a un hombre!

Prefieres la víctima iracunda,
vencida primero y luego abierta,
para que Artemisa respire
la exhalación de sus entrañas.

¡Oh cosa sagrada y feroz!
Una fuerza que desconoces
está anudada en tu entrecejo.

Y con todo, entre temor y antojo,
te amamos como a fiera joven,
y mil veces, señora, vamos a acariciarte,
cuando he aquí que de pronto nace el rayo
por la sobrehaz de tu piel.

¡Oh cabellera híspida que no puedo peinar!
¡Oh frente y nuca broncas de besar!
¡Brazos redondos, piernas ágiles,
pies elásticos y perfectos!

¡Vaso precioso de mujer arisca:
dinos, dinos al menos
si no puedes ser dulce un solo instante;
dime si al fin podré besarte
las leves puntas de las manos!

IFIGENIA

Y, sin embargo, siento que circula
una fluida vida por mis venas:
algo blando que, a solas, necesita
lástimas y piedades.

Quiero, a veces, salir a donde haya
tentación y caricia.
Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.

Y cuando henchida de dulces pecados,
me prometo una aurora de sonrisas,
algo se seca dentro de mi misma;
redes me tiendo en que yo misma caigo;
siendo yo, soy la otra…

Y me estremezco al peso de la Diosa,
cimbrándome de impulso ajeno;
y apretando brazos y piernas,
siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

¡Oh amor mejor que vuestro amor, mujeres!
Os corre un vigor frío por la espalda:
ya son las manos dos tenazas,
y toda yo como pulpo que se agarra.

Y en la gozosa angustia
de apretar a la bestia que me aprieta,
entramos en el mundo
hasta pisar con todo el cuerpo el suelo,

Libro un brazo, y descargo
la maza sorda de la mano.
Hinco una rodilla, y chasquean
debajo los quebrados huesos.

¡Ya es mío! ¡Ya es tuyo, Artemisa!
Y subo, con un grito, hasta la eterna oreja.

Pero al furor sucede un éxtasis severo.
Mis brazos quieren tajos rectos de hacha,
y los ojos se me inundan la luz.
Alguien se asoma al mundo por mi alma;
alguien husmea el triunfo por mis poros;
alguien me alarga el brazo hasta el cuchillo;
alguien me exprime el corazón.

CORO

Respetemos el dolor
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.

Sacerdotisa pura en traza de mujer,
nunca divagaré por sus dos senos
de virgen atleta.
Ni gozaré tejiendo sus cabellos.

Nunca disfrutarán su piel mis manos,
ni ha de tocarle sino el aire,
o el agua donde suele romper con el contento
del cabello sediento.

—Y te envidio, señora,
el agrio gusto de ignorar tu historia.

IFIGENIA

Es que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas fiestas humanas
que recorréis vosotros con el mirar del alma!

Cuando, en las tardes, dejáis andar la rueca,
y cantáis solas, a fuerza de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo de la boca,
dan libertad para otros pensamientos—,
entonces yo adivino que andáis errando lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.

Ninguna costumbre os sujeta
y en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis al cinto
una cerradura sin chirridos.

Y os envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos la canción perdida.
(¿Veis? Magníficamente nace del mar la sombra
cuando en las colinas violetas,
asoman, de regreso, los pastores de toros…)

CORO (Canta, con aire monótono)

Cantemos, dando al tiempo
alma y copo, rueca y voz.

Horas inútiles tejen
tierra y cielo, tarde y mar.

Arañita de la casa,
no me dan oficio mejor.

Consejos me da la rueca,
sintiéndome a solas reír.

Hay quien de noche duerme,
y hay quien de día trabaja.

Hay quien aún se acuerda,
y secreta y calla.

Hay quien perdió sus recuerdos
y se han consolado ya.

(Calla un instante. Dice luego)

¿Callas, señora? ¡Solamente callas!
Y, como a aquel que canta contra el aire,
nuestra canción parece caernos en la cara,
queriéndose volver de nuevo al pecho.

¡Oh mujer de rodillas duras!
No acertamos a compadecerte.
fuerza será llorar a cuenta tuya,
a ver, si, de piedad, echas del seno
ese reacio aborto de memoria
que te tiene hinchada y monstruosa.

No hay de nosotras quien no ceda a la canción,
poniendo en ella lo que cada una sabe a solas,
si no eres, tú, pregunta sin respuesta,
a quien vivimos parteando el alma con afán.

No hay de nosotras quien a las lágrimas no acuda
con esa gula íntima de probar un secreto,
donde comienza el juntarse de las almas
en un temblor de miedo y amistad.

¡Pero tú, que ni nos engañas siquiera!
tú que nos das la nada que te llena,
¿no harás, al menos, por forjar un sueño,
una memoria hechiza que nos pague
la sed de consolarte que tenemos?

No; rechina entre tus dientes la voz:
ni recordar ni soñar sabes,
ni mereces los senos en el pecho,
ni el vientre, donde sólo crías la noche.

IFIGENIA

Os amo así: sentimentales para mí,
haciendo, a coro, para mí uso, un alma
donde vaya labrada la historia que me falta,
con estambre de todos los colores
que cada una ponga de su trama.

Tal vez me apunta un resabio de memoria
hechas de vuestras ansias naturales,
y en el imán de vuestras voluntades,
parece que la estatua que soy arriesga un pálpito.

Pero soy como me hiciste, Diosa,
entre las líneas iguales de tus flancos:
como plomada de albañil segura,
y como tú: como una llama fría.

Sobre el eje de tu nariz recta,
nadie vio doblarse tus cejas,
ni plegarse los rinconcillos
inexorables de tu boca,
por donde huye un grito inacabable,
penetrado ya de silencio.

¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?

¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tus bustos de hembra de cría?

¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?

¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?

En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!

Y al cabo, lo que en ti más venero:
los pies, donde recibes la ofrenda
y donde tuve yo cuna y regazo;
los haces de dedos en compás
donde puede ampararse un hombre adulto;
las raíces por donde sorbes
las cubas del sacrificio, a cada luna

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II

CORO

Pero callemos, que un pastor color de tierra,
vago engendro de lanas y hojarasca,
se acerca aquí, como bulto que echa a andar,
filtrando una mirada de ansia y susto
por entre el heno de la barba y las cejas.

Con el cayado sólo bate el aire,
y parece irradiar palabras con la honda;
que al hombre cogido entre sorpresas
no hay útil cuyo oficio no se esconda;
y –todo él lanzado ariete—
devuelve el alma oscura la luz de los sentidos,
y es ya todo intenciones, todo oídos,
todo aspavientos, todo interrogación.

En vano la pezuña elemental
se articula en los cinco dedos ágiles,
ni el unánime ruido animal
se distribuye en cortadas palabras.

Ya olvida el habla, ya descuida el andar;
de su vetusta cojera no se acuerda,
y de lejos nos tiende la mano temblorosa,
como si en esa mano sus noticias trajera.

(Entra el)

PASTOR

Náufragos, náufragos hay, señora,
si lo es el que pisa tierra ingrata a sus plantas,
aun cuando no lo ruede el mar hasta la orilla,
ni el barco entre en la playa con el costado abierto.

IFIGENIA

¿De dónde son?

PASTOR

Helenos.

Uno llamaba Pílades al otro.
Son dos amigos como dos manos bien trabadas;
donde preguntas el uno, el otro le contesta,
donde uno dicta el otro le obedece.

Son como un alma repartida en dos cuerpos;
cuando habla el uno, calla el otro,
y se completan como dos porciones
de una misma necesidad.

IFIGENIA

¿Y los habéis cazado?

PASTOR

Nuestros y tuyos son.— Y de la Diosa.

IFIGENIA

Pero ¿qué harán los pastores en el mar,
a deshoras corriendo tras las olas
y enloquecidos por vellones de espumas?

Pero ¿qué andáis juntando los rebaños del agua?
¿De dónde trocasteis los oficios,
confundiendo remos y cayados,
redes y ondas, maldiciones y canciones?

Oh padres apacibles de la tierra
domesticada y quieta,
médicos de zampoña y melodía
y abuelos de la oveja preferida:
¿Qué hacías entre el sobresalto sin fondo
que se burla con velas y con leños,
cuerdas y puños y gritos de furor?

PASTOR

Íbamos a bañar las reses en la cueva
que sirve de refugio al pescador de púrpura,
porque el toro, señora, vuelve al mar como el río,
para cobrar allí sangre, valor y brío.

Muge el novillo; late el can. Es hora
en que la última tarde se dora,
y el mar se deja traspasar el pecho
por un haz de espadas de plata.

Hiere la luz, pero no alumbra;
y sorda sensación de una presencia humana
nos cohibe de pronto, al saludar las cuevas.
Sobrecogido retrocedo entonces,
de puntillas y haciendo la señal del silencio,
de miedo que algún dios desconocido
habite el mar que bate las Simplégadas,
hijo de la marina Leucotea,
Palemo –o algún otro poeta de las aguas.

Y es verdad; que, al rumor que alzamos,
salta en figura de doncel armado
y, echando espumarajos por la boca,
a tajos y a mordiscos cae sobre las reses,
gritando: “¡Oh Furias, oh Dragón,
oh mala hembra que muerta me persigues,
oh vergüenza de Micenas de oro,
oh baño ensangrentando en sangre del esposo!”

El otro, Pílades, en vano lo sujeta,
como a demente que mira sólo el fuego
profundo de su alma, y finge formas
y torna objetos, y cambia el sueño de los ojos.

line

III

(Entran hombres con los cautivos atados)

ORESTES (atado, apedreado, delira así)

Cabra de sol y Amaltea de plata
que, en la última ráfaga, suspiras
aire de rosas, palabras de liras,
sueño de sombras que los astros desata;
al viejo Dios leche difusa y grata,
y, del reflejo mismo en que te miras,
hacendosa hilandera, porque estiras
en hebra y copos el vellón que labras;
tarde, en fin, quieta como impropicia y dura:
prueba pues, ya que a tanto conspiran mis estrellas,
a exaltar otra vez mi razón en locura,
para que yo, que vivo amamantado en ellas,
no sufra el tacto de otra piedra impura
sin estallar mil veces en centellas.

IFIGENIA

(Dice, a solas, palabras que apenas se tienen unidas,
como el que sale, bandeando, del torpor de un sueño;
mas hay una oscura voluntad que atisba
–perro fiel— junto a la embriaguez de su dueño)

—Helenos:
¿De dónde traéis carga de destinos,
para dar en playas donde mueren los hombres?
¿Qué irritados espíritus tenéis sedientos
de sal y aceite que apaciguan hambres del cielo?

Helenos: la fortuna está en no buscarla,
y habéis tentado todos los pasos del mar.
No os basta la ciudad medida a las plantas humanas
y, rompiendo los límites del cielo,
¿os sorprende ahora caer en la estrella sin perdón?

Helenos: forzadores de la virgen del alma:
los pueblos estaban sentados, antes de que echarais a andar.
Allí comenzó la Historia y el rememorar de los males,
donde se olvidó el conjugar un solo horizonte con un solo valle.

La sabiduría ya estaba descubierta;
los brazos ya estaban cruzados sobre el pecho;
los ojos se escrutaban a sí mismos
para desanudar en su revés el mundo;
y el índice de piedra
sujetaba en racimos el espacio profundo.

Se apacigua, helenos, el gotear del agua eterna;
y en el reló dormida del estero
lanzasteis la bellota profana.

Y cedisteis al inmenso engaño
partido en diminutas y graciosas mentiras;
y con el bien y el mal terribles
hicisteis moderadas apariencias
para cebar la codicia bestia,
oh falsificadores de lágrimas y risas.

Os acuso, helenos, os acuso
de prolongar con persuasión ilícita
este afrentoso duelo, esta interrogación…

Así, deis con la frente en las esferas últimas,
y os sienta el último fantasma
rodar entre peñascos en declive,
surtiendo por el pecho maldición de volcanes,
¡oh instrumentos de la cósmica injuria,
oh borrachos de todos los sentidos!

ORESTES (grita)

¡Raza vencida de la tierra:
reconoce a tu domador!
Tú que temblabas, gusanera aplastada,
bajo los Siete Días orientales
de la Creación!

Tú que apenas usabas como alma
un escozor de pánico,
y que desfallecías, heredera
de todos los pavores animales;
devuelta con arrobamientos al fango;
lodacero que criabas raíces
para enredar los talones bailátiles
de los hijos de Prometeo:

¿Qué me acusas, ojos de arcilla?
Frentes hacia abajo, ¡qué sabéis
de levantar con piedras y palabras
un sueño que reciente los ojos de los dioses,
otra simiente de naturaleza,
hija pura y radiosa del humano deseo,
oro de eternidad, diamante pleno
labrado en los martillos
impecables del corazón!

IFIGENIA

En vano, por primera vez, aguardo
que me sacuda en cólera la Diosa.

—Librad al griego; recoged mi manto:
sobran horas al tiempo.

(Apercíbese Ifigenia con vasos lustrales. Pílades, atado, da un paso hacia Orestes, como a socorrerlo)

ORESTES

Detente, Pílades, que siento
el indeciso vaho de los dioses;
y, entre los ojos de la carnicera,
me sorprende el halago de una mirada rubia.

No en vano las aguas se abren y se juntan;
no en vano los vientos y el elástico mar,
no en vano gimen y aúllan
en torno a la nave del griego que sabe esperar.

No fue ciega la ira que me devolvió a Micenas,
incubando en el monte mis furores de niño;
nodriza ruda me criaba para el cuchillo,
y soy dardo de mano derechera.

¿Nada te dice, amigo, el portento que te sale al paso?
¿Dónde está la tierra de las Amazonas guerreras?

¿Cuándo viste, Pílades, combatiendo brazo a brazo
a la sacerdotisa con las víctimas extranjeras?

Bien que la barbarie, educada en el desorden del mundo,
pisotee los prodigios como las yerbas,
confundiendo árboles y fieras y hombres y sexos,
sin distinguir lo propio de lo desorbitado y súbito.

Pero tú, filósofo en cuyos brazos descanso,
¿me enseñaste acaso a concebir mujeres
como la Quimera, con garras y crestas y fauces,
a sacerdotisas mezcladas de leonas?

Sólo cuando el dios anda rondando los montes
miras volar los árboles y oyes hablar a los pájaros.
Así me devuelves, mujer, la confianza en Apolo,
sólo con tu furia y con tu locura sólo.

No está lejos, no, la fuerza que me trajo rodando:
y ya no vacilo, que estoy en tierra de Tauros.
De Artemisa es, Pílades, el templo que venimos buscando,
y esta mujer—

IFIGENIA

—¡Oh calla, por tus enemigos dioses!
Mira que estás por quebrar la puerta sorda
donde yo golpeo sin respiración.

Mira que me doblo con influjos desconocidos,
juntas en imploración estas manos mías tan ásperas.

Tengo miedo, calla, la Diosa nos oye.
ella me implica toda; yo crecí de sus plantas.
Si tú sabes más, tejedor de palabras
—pues así adivinas tierras y hombres
ensartando lo que ignoras con lo que conoces—,

calla, por tus amuletos; calla, por tus cabellos,
en los que reclavo con ansia mis dedos;
calla, por tu mano derecha;
calla, por tus cejas azules;
y por ese lunar que hay en tu cuello,
gemelo –mira—,
gemelo del lunar que hay en mi hombro.

Calla, porque me aniquila el peso del nombre que espero;
oh vencedor extraño, calla, porque, al fin, no quiero
saber –oh cobarde seno— quién soy yo.

ORESTES

¿Callaré, Pílades, cuando vine a decirlo?

PÍLADES

No

CORO

Dos animales de la misma cría
no se juntan mejor. Uno conduce,
y la otra le sigue –antes tan fiera.
Manda el varón, y al fin es hembra ella.

Pero ¿esas miradas que se hunden
la una en la otra, como en propio elemento?
Y la gota negra de aquel cuello
resbala aquí, camino de este seno.

Un mismo arete de naturaleza
concretó los dos sones de gargantas…
¡Mil cosas misteriosas nos relatan los viejos,
y yo, sin serlo, he visto tantas!

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IV

(Toas y el séquito. Suspensión entre los que llegan y los que estaban presentes)

TOAS

Soy el rey Toas, de leves pies como las aves.
Como quien manda, olvido mis cuidados
por el oír el rumor que corre el pueblo.

Hecha de mar y roca, alta señora,
sacerdotisa que llevas la clava
desde que el cielo apedreó a la tierra
con el poder de la nocturna Diosa
—Díctina de la selva, hija de Leto:

Prepárense los vasos y los cestos,
y arda el fuego de la salsa mola;
echad el llanto, hombres oscuros:
la Diosa no perdona.

Ejércitos de abejas amarillas
aplaquen –cediendo miel— las tumbas.
Iras de inmortales reclaman
la miel salobre y roja de otra ofrenda.

IFIGENIA

Oye la voz de tu sacerdotisa,
rey de nombre de ave:
éstos me vencieron sin manos
y me ataron con la amenaza.

No los quiere la Diosa; traen a cuestas
el nombre que he perdido.

TOAS

El nombre que tenías lo has perdido en el mar.

IFIGENIA

Éstos, del fondón de los mares
llegan, vomitados de olas.

TOAS

Náufragos son, ley igual los condena.

IFIGENIA

Ley que un hombre trazó y otro quebranta.

TOAS

Escrita está en las plantas de Artemisa.

IFIGENIA

—Qué es superior a ella y con los pies la pisa.

TOAS

¿Qué pretendes?

IFIGENIA

Que hablen.

TOAS

Hablad, hombres oscuros.

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V

ORESTES

¿Diré, Pílades, el nombre que azuce
las bandadas de nombres temerosas?
Evitaré más bien el torbellino
que alzan los vientos súbitos,
y habré de conducirla paso a paso,
como a ciega extraviada que tantea el camino,
hasta dejarla donde la perdí.

—Oye, sacerdotisa: devuélveme las manos,
porque no sé contar sin libertad mi historia.

(Ademán de Ifigenia. Desatan a Orestes, que continúa)

Dos veces Urano engendraba en el seno de Gea,
ensayando monstruos que la vergüenza rechaza.
Voluntad oscura, sus intentos multiplicando,
mezclaba impetuosos crímenes con virtudes severas.
En los Cíclopes era espanto la mal trazada frente
y los brazos de Briareo eran fuerza desperdiciada.
Y el Padre deshacía sus horripilantes juguetes,
bien como alfarero que ensaya el jarro dos veces.

Perra ululante, Gea sus cachorros le disputaba.
—¡Hijos del Padre loco! ¿Quién me vengará? –les decía—,
Y el último, Cronos, contraído bajo sus tetas,
tiembla de furor y designios.
Era creada ya la raza del blanco acero.
Cronos esconde la hoz, y Urano un deseo aventura;
pero, segadas a punto las uniformes flores del sexo,
la sangre del Padre loco fecunda todavía el suelo.

Erinies y Gigantes y Ninfas brotan y Diosas,
y sobre el mar, la deseada rosa:
Afrodita la llaman, hija de las espumas;
Citerea, vecina de la isla;
Kiprigenia, porque llega a Chipre batida de olas;
Filomedea, en fin, hija de los anhelos.
Así la vital angustia, derramada en sangría,
Gea, perra ululante, sigue fomentando tus crías.

Ya está mezclado el crimen en la masa del mundo.
Dioses recelosos de sus proles indeseadas
acechan a las diosas que se acuestan con hombres.
Los padres de tribus a los mancebos devoran,
y el justo Edipo, testigo insobornable,
se descuaja los ojos contra el error del cielo.
Hubo un rey en Lidia cuya casa honraba el Olimpo,
¿y osó hacer festín de las carnes de su hijo?

Como torres gigantes, los Inmortales, mudos,
contemplan la ofrenda de Tántalo mezclada de horrores.
¿Qué hacías, Diosa hambrienta, olvidadiza Deméter,
devorando, sin saberlo, el hombro arrancando de Pélope?
Zeus Tempestuoso hinca los ojos en Tántalo,
que entra desbarrancado en los Infiernos,
donde con boca reseca jadea tras el agua que huye;
donde, por hurtárselas, los árboles sus poemas degluten.

Júntanse las partes, y Pélope vuelve a vivir;
se alza cetro en mano, y el hombro de marfil.
Pero la maldición vuela, contaminando
a todos los brotes de su gente.
Niobe deshijada, piedra que llora ríos,
ve traspasados sus hijos con flechas de oro,
y Tiestes y Atreo, en festines horrendos,
vomitan, desfallecidos, la sangre criminal del abuelo.

Y nacieron, uno de otro,
Tántalo, Pélope y Atreo,
y Agamemnón, castigador de Troya
y hermano vengador del zaino hermano.
Igual deslealtad les esperaba
con Clitemnestra, hembra matadora del macho,
y con Helena, por quien tiene hartazgo
de cadáveres la ciudad de los pájaros.
Mientras las naves huecas deshacían la ruta de Ilión,
Tramaba Clitemnestra con Egisto;
y Agamemnón cayó a mansalva,
vencido entre los brazos de su casa.

Entre los que crecían en palacio,
el mayor de los hijos
era menor que la venganza; Electra,
hermana blanca; pero, providente,
me hizo nutrir de tierra y de raíces,
abrigado de cuevas y de pieles,
montaraz y distante,
intacto cazador de Apolo.

Y, en la incertidumbre de sus noches,
el sueño de la madre dio presagios:
me veía dragón, me padecía
estrujando y sorbiendo en sus pezones
fango de leche y sangre.

Y al fin, entre relámpagos de crimen,
bajo el furor de Apolo cómplice
y la tronante cólera del cielo,
y bajo las legiones espantadas
y saltonas de Furias,
el cazador cazó a la madre adúltera.

¡Oh vino soberano
que un día me embriagaste para siempre!
¡Nunca probara yo de tu delirio,
y no me persiguiera
la indignada caterva de mi madre!

IFIGENIA

Los nombres que pronuncias irrumpen por mi frente
y se abren paso entre tumultos de sombra;
y, por primera vez, mi dorso cede
con un espanto conocido.

Me devuelvo a un dolor que presentía;
me reconozco en tu historia de sangre,
y gime, sin que yo lo entienda todavía,
un grito en mis orejas que dice: “¡Aulide! ¡Aulide!”

CORO

Asisto a los misterios – y callo.

IFIGENIA

Siento, como en la ácida mañana,
madrugar el pavor de estar despierta:
cenizosa conciencia
que torna a la mentira de los días
con una lumbre todavía de sueño,
hecha de luz funesta que transparenta el mundo.

ORESTES

Te asiré del ombligo del recuerdo;
te ataré al centro de que parte tu alma.
Apenas llego a ser tu prisionero,
cuando eres ya mi esclava.

En Aulide, los vientos nos prosperan
o los adversos dioses redoblan el resuello;
y para que los leños flotantes de las naves
sigan el curso, piden sacrificios.
La sangre de una virgen Artemisa reclama.

IFIGENIA

¡Oh Diosa, voy a ti, pues tú me llamas!

ORESTES

Aguarda, hay tiempo aún—. Ya los oráculos
designan a Ifigenia.

IFIGENIA

¡Oh Diosa!

ORESTES

Aguarda
La casta de adivinos es ávida de males.
Hija de Agamemnón: fuerza es traerte
engañada hasta el sitio de la ofrenda,
donde adelanta en pago de lágrimas la madre
el crimen que ha de cometer más tarde.

IFIGENIA

Al fin es madre, Orestes;
y espera, en las edades de la hija,
que la fruta de nietos se le rinda.
Al fin es madre, Orestes, y prolonga
hasta la pubertad el gusto de mi cuna.

Al fin, en cada hora presentía
la cosecha de una caricia nueva;
porque es todo inquietudes y sorpresas
el logro minucioso de la hija.

Odiseo me trajo prometida
al lecho de un valiente –Aquiles—. (Oye:
al crear este nombre con esfuerzo,
tengo piedad yo misma de mis labios.)

—Pero ¿qué hago, Diosa? ¿Salgo de tu misterio?
Amigas, huyo: ¡esto es el recuerdo!
Huyo, porque me siento
cogida por cien crímenes al suelo.
Huyo de mi recuerdo y de mi historia,
como yegua que intentar salirse de su sombra,

(Sujétanla)

ORESTES

Sujetadla y que beba la razón
hasta lo más reacio de su huesos.
Hínchate de recuerdos,
óyelo todo: En Aulide fuiste sacrificada;
pero Artemisa te robó a su templo
a la hora en que Calcas descargaba el cuchillo,
y cayó en tu lugar, forjada de tu miedo,
cierva temblona que mugió con muerte.

IFIGENIA

Orestes, soy tu hermana sin remedio,
y en el torrente de la carne, siento
latir la maldición de Tántalo.

Pero contéstame, pues me castigas
de envidiar la miseria de las hijas de Táuride
Y desear la vida compartida
—humano pan de donde todos coman—,

¿no me estaba yo bien, guijarro de esta roca,
arista desgajada de la Diosa?
¿No me fuera más dulce la sombra en que yacía
y el destazar continuo de las víctimas?
¿A qué trajiste el rayo de mi casa
a la ribera en que estaba yo pedida?

¡Ay hermano de lágrimas, crecido
entre la palidez y el sobresalto!
¡Déjame, al menos, que te mire y palpe,
oh desvaída sombra de mi padre!

CORO

Entran los ojos en los ojos. Andan
tentándose las manos con las manos.
Y en la arena, la huella de la hermana
acomoda a la huella del hermano.

ORESTES

Y déjame que alivie tanto llanto
—¡ay hermana que fuiste mi nodriza!—
viendo rodar mi lloro por tu cara
y latir en tu cuello mi fatiga.

CORO

¡Señora! ¿Y te acaricia? ¡Y tú te doblas
debajo de su barba! Y nos pareces
más pequeñita, al paso que reviven
y te van apretando las memorias.

IFIGENIA

¡Suelta! ¡Suelta!, que mi dolor no importa,
no me abandones, Diosa,
y permite que huya de mí propia
como yegua que intenta salirse de su sombra.

ORESTES

¿Recuerdas?

IFIGENIA

Sí. –Llegamos en el carro:
mi madre –porque es mi madre, Orestes—,
tú, tierno niño que sólo ríe y llora,
yo, y los presentes de mi boda.

Me bajaron en brazos las muchachas de Calcis,
como a la prometida del nieto de Nereo;
y a ti, con delicadas manos,
para no sacudir tu frágil sueño;

que eran asustadizos los caballos,
y no obedecían a la voz.

Saltamos como terneras sueltas en prado.
Ignorando las rudezas del campamento,
yo, corazón nupcial, fiesta hacía de todo.
Y he visto a los dos Ayaces, amigos de armas;
y a Protesilao y Palamedes
que jugaban con unas figurillas;
y a Diomedes, hecho a lanzar el disco;
y al portentoso Merión, raza de Ares;
y al hijo de Laertes, engañoso;
y al hermano Nireo, el más hermoso.

A pie, de lejos, disputaba Aquiles
—oh sienes mías hechas al dolor—
victoria de carrera a la cuadriga
de Eumelo, que acosaba a los caballos
blancos del yugo,
y a los rojos manchados que iban a larga rienda.

CORO

¡Oh Paris, Paris, que con la flauta frigia
apacentabas novillos en la Ida!
¡Oh juez de diosas y ladrón de hogares,
cómo va a perecer por ti la flor del año!

ORESTES

Di, ¿conociste a Aquiles?

IFIGENIA

No, sino en el relato de mi madre
que, con estrago de dolor y miedo,
se echó a sus pies, pudores olvidando.

Alumno de Quirón, hijo de diosa,
era ajeno al engaño, y fue a salvarme.
Lloraba sin rubor: ¡era tan joven!
No negaba el pavor: ¡era tan bravo!
No quiso conocerme: ¡era tan casto!

ORESTES

Prosigue.

IFIGENIA

¡Infierno, Infierno!
Tu boca misma habló por Clitemnestra.
Me hizo llegar, trayéndote en el manto,
y a mí, que lo quería más que todos,
me redujo a escuchar lo que le dijo al padre.

CORO

Un gran dolor ahoga la vergüenza.

IFIGENIA

Dijo: “Me arrebataste a mi primer marido;
y, arrancándomelo de los pechos,
estrellaste a mi primer hijo contra el suelo.
Mi padre hizo la paz en los hermanos,
y fui casta y sobria en tu palacio.
Tres hijas y un hijo te he dado.
Te sales de tus tierras por ajenos agravios,
y, además de tu aposento vacío,
¿quieres que llore ahora la muerte de Ifigenia?
¿Y qué frente ofrecerás mañana
al beso de tus hijos sin hermana?
Que ceda Menelao a su hija Hermione:
suya es la ofensa, no son ciegos los dioses.
¡Oh mano que manda de lejos!
¿Arrastrarás tu propia hija por los cabellos
hasta el ara de la Divina Cazadora,
y yo la seguiré, sin soltar sus vestidos,
hecha consternación de tus ejércitos?”

ORESTES

¿Y yo, entretanto?

IFIGENIA

No sabías hablar, ¡oh el más amado!
Con lágrimas y brazos implorantes
tú me ayudaste, en fin, cuanto podías,
Estreché con el tuyo el cuerpo de mi padre,
como con elocuente rama de suplicantes:

—“Yo la primera te he llamado padre;
tú la primera me llamaste hija;
gozosas nupcias prometiste un día,
y yo soñaba en acogerte, anciano,
entre próspera bulla de la prole.

Insano afán de navegar a tierras bárbaras
te hace dejar la tierra
donde cortan jacintos y rosas los que dio a luz mi madre.
Mas yo no debo amar demasiado la vida.
—¡Dispón, oh Clacas, de mi ración de sangre!”

Y desvié los ojos
del bulto convulsivo de mi madre.
Calcas alzó la mano: ¿se oyó el golpe?

ORESTES

He aquí que te encuentro muerta y viva,
sacrificada y sacrificadora.

IFIGENIA (con sospecha)

¿A qué viniste, di?

ORESTES

En busca tuya.

IFIGENIA (Recobrando su arrogancia perdida)

¿Para que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la luna?

¿En busca mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¿Para que aborten las madres a mi paso,
y para que, al olor de la nieta de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de mi contagio?

ORESTES

Por el sello que llevas en la frente,
hija de Agamemnón, ante los tauros
oye la orden que traigo de Apolo:
Me seguirás hasta Micenas de oro,
y volverás a la casera rueca,
y cumplirás con dar los brotes nuevos
a la familia en que naciste hembra.

Fuerza será que, complaciente esposa,
te alimente en su casa algún príncipe aqueo,
No se corta la sangre sin mandato divino.

IFIGENIA

Huiré de mí propia,
como yegua acosada que salta de su sombra

ORESTES

Me seguirás, y ceñirás la vida
a que las altas normas te condenan.
Cualquier dolor pasado
es, a los mismos dioses, duro espanto.
¿Quieres romper con la Necesidad.
vuelta contra el latido que llevas en el vientre?
¿Y qué harás, insensata,
para quebrar la sílabas del nombre que padeces?

IFIGENIA

¡Virtud escasa, voluntad escasa!
¡Pajarillo cazado entre palabras!
Si la imaginación, henchida de fantasmas,
no sabrá ya volver del barco en que tú partas,
la lealtad del cuerpo me retendrá plantada
a los pies de Artemisa, donde renazco esclava.

Robarás una voz, rescatarás un eco;
un arrepentimiento, no un deseo.
Llévate entre las manos, cogidas con tu ingenio,
estas dos conchas huecas de palabras: ¡No quiero!

(Refúgiase en el templo, desapareciendo de la escena)

TOAS

He aprendido a llorar ajenos males
y a gozar con mesura el bien que alcanzo.
No puede el noble decir lo que le plazca.
¡Qué vanas apariencias nos gobiernan!
Cierto es que servimos a la plebe.
Licencia tienen otros para clamar a voces,
no el monarca prudente,
que sólo con el ceño engendra nubes.

CORO

Nadie que no sea sensato
mande en las plazas de los hombres.
Oh rey de leves pies de ave:
hay sed de tu clemencia.

TOAS (como dirigiéndose a Ifigenia)

Todo lo sé: la onda cordial desata,
voluntad que anulaste la porfía
del bien y el mal; dureza generosa,
basa de templos, muralla de ciudades.

Boca de dictar leyes,
mano de hacer y deshacer cadenas,
frente para corona verdadera,
¿qué nombre te daremos?

Todo lo sé: la onda cordial desata,
cólmate de perdón hasta que sientas
lo turbio de una lágrima en los ojos:
Mata el rencor, e incéndiate de gozo.

CORO

Alta señora cruel y pura:
compénsate a ti misma, incomparable;
acaríciate sola, inmaculada;
llora por ti, estéril;
ruborízate y ámate, fructífera;
asústate de ti, músculo y daga;
escoge el nombre que te guste
y llámate a ti misma como quieras:
ya abriste pausa en los destinos, donde
brinca la fuente de tu libertad.

TOAS

Destuerzan la senda los náufragos.
Dadles, tauros, remos y velas.
Oh mar: tuyo era el mensaje:
guárdalos tú de tus procelas.

(Seguidos del pueblo, aléjanse hacia el mar Pílades
y Orestes, brazo en el hombro, dobladas las barbas
sobre el pecho)

CORO

¡Oh mar que bebiste la tarde
hasta descubrir sus estrellas:
no lo sabías, y ya sabes
que los hombres se libran de ellas!

(Ha anochecido. Las primeras luces se atreven)

TELÓN

De Alfonso Reyes, Voz viva. Editora del fonograma: Voz Viva de México. UNAM

hoja

En formato pdf (para imprimir):

Alfonso Reyes, Ifigenia cruel, UNAM, 2009.

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Álvaro Cunqueiro – Eu son Edipo / Yo soy Edipo (Tradición clásica)

 

Eu son Edipo

Non sabía que o fora
ate que non matei a meu pai
e deiteime con miña nai. Un home
marcado pra sempre por un sino fadal
como un poldro no curro co ferro, pra sempre.
Meu pai saíume a un tempo
polos catro camiños da encrucillada.
Miroume, -hai miradas como morcegos
que van e veñen, raudas. Cuspín na man da lanza
e veu decontra min. El mesmo
adentrouse no meu ferro. Estaba escrito.

Acertéille á Esfinxe o seu decir segredo
e caséi coa miña nai. Cando a deixaba preñe
lembrábase dun neno que tivera
e ao que lle quitaron cando aínda nóno vira sorrir.
Iban matalo no monte, ou dálo ás feras.
Aquela baluguiña de manteiga,
aquel peliño mouro, aquelas manciñas inquedas
era eu, regresado á nai como varón,
e á coroa de Tebas como asesino.

Eu son Edipo. Si mirades ben o caso,
un inocente. Agora vello e canso déitome
nas trebas, que me arroupan
como unha nai arroupa ao seu neno.

 

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Yo soy Edipo

No sabía que lo fuera
hasta que no maté a mi padre
y me acosté con mi madre. Un hombre
marcado para siempre por un destino fatal
como un potro en el cerco con el hierro, para siempre.
Mi padre apareció a un tiempo
por los cuatro caminos de la encrucijada.
Me miró –hay miradas como murciélagos
que van y vienen, raudas. Escupió en la mano de la lanza
y vino contra mí. Él mismo
se adentró en mi hierro. Estaba escrito.

Le acerté a la Esfinge su decir secreto
y me casé con mi madre. Cuando la dejé preñada
acordábase de un niño que tuviera
y que se lo arrancaron cuando todavía no lo viera sonreír.
Lo iban a matar en el monte, o arrojarlo a las fieras.
Aquella bolita de manteca,
aquel pelito oscuro, aquellas manecitas inquietas
era yo, vuelto a la madre como hombre,
y a la corona de Tebas como asesino.

Yo soy Edipo. Si estudiáis bien este suceso,
un inocente. Ahora viejo y cansado me echo
en las tinieblas, que me arropan
como una madre arropa a su niño.

(De Álvaro Cunqueiro, Herba aquí ou acolá (Hierba aquí o allá), 1980)
Versión: César Antonio Molina

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Aleksander Kokular Oedipus and Antigone (1828)

Aleksander Kokular, Oedipus and Antigone (1828)

Charles Jalabert The Plague of Thebes Oedipus and Antigone (1842)

Charles Jalabert, The plague of Thebes. Oedipus and Antigone (1842)

Gustave Moreau Edipo y la Esfinge (1864)

Gustave Moreau, Edipo y la Esfinge (1864)

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