Alejandro Casona – Héctor y Aquiles (Flor de leyendas, 1932) (Tradición clásica)

 

Alejandro Casona – Héctor y Aquiles

(Flor de leyendas, 1932)
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La Ilíada es el más antiguo poema épico de la literatura universal. Lo compuso, hace tres mil años, un anciano poeta ciego, llamado Homero, gloria de Grecia. Y los rapsodas, sus discípulos, lo cantaron por los caminos y los campamentos, conservando para la inmortalidad, por la belleza de su palabra, el recuerdo de los dos grandes héroes de la guerra de Troya: Aquiles, el de los pies ligeros, y Héctor, domador de caballos.

Hace nueve largos años que el ejército griego acampa, junto a sus negras naves, frente a las murallas de Troya. Durante tanto tiempo sobre la franja de tierra que se extiende entre las murallas y el mar se han desarrollado centenares de combates, donde se han mezclado héroes y dioses, sin que la victoria acabe de decidirse por unos ni por otros.

Fuertes son los griegos de largas cabelleras; los dirige Agamenón, rey de hombres, y a su lado combaten los más brillantes héroes de las islas: el gran Diomedes, de indomable valor; el gigantesco Ayax, de ancho escudo; el prudente Ulises, rico en sabiduría, y el héroe de los héroes, Aquiles, el de los pies ligeros, hijo de una diosa del mar, que al nacer lo bañó en fuego celeste, haciendo su cuerpo invulnerable al hierro, excepto el talón por donde le tenía cogido al sumergirle en el baño.

Pero fuertes son también los troyanos, de tremolantes cascos, endurecidos en el largo asedio. El venerable Príamo, de barba blanca, es su rey. Con ellos combaten el divino Eneas, que ha de fundar el más vasto imperio del mundo, y los hijos de Príamo: Paris, el más bello de los hombres, y Héctor, domador de caballos, el héroe amado de su pueblo, cuya poderosa lanza ha sostenido la esperanza de los troyanos durante los nueve años de lucha.

Los dioses olímpicos también toman parte en el combate, protegiendo con su invisible poder a uno y otro campo. Minerva, la de los ojos claros, diosa de la sabiduría, y Juno, reina del nevado Olimpo, combaten al lado de los griegos. La blanca Venus, diosa del amor, y el fiero Marte, dios de la guerra, pelean al lado de los troyanos.

La belleza de una mujer es la causa de tan cruel guerra. Helena se llama, esposa de Menelao, rey de Esparta, la cual fue raptada de su patria por el amor de Paris, el brillante príncipe troyano, y permanece a su lado tejiendo tapices de púrpura en el palacio de Príamo.Hombres y dioses luchan día tras días frente a los muros de Troya, y la victoria no acaba de decidirse. Hambrientos y tristes están los troyanos, llorando el infortunio que la belleza de Helena ha traído sobre la ciudad. Y cansados de la inútil lucha están también los griegos, que acampan junto a sus negras naves de corva proa, cuyos maderos y cordajes se pudren carcomidos de algas y agua salada.

Un día el rey Agamenón injurió gravemente al héroe más valiente de sus ejércitos, al terrible Aquiles, arrebatándole una hermosa esclava ganada como botín en la batalla. Ante tal injuria la cólera del héroe se desató imponente y habló así al orgulloso rey:

— ¡Tu codicia te perderá, rey Agamenón, corazón de ciervo! Por vengar a tu familia, ultrajada por el rapto de la bella Helena, abandoné mi patria y combatí a tu lado. Pero si este es el trato que das a tus valientes, yo te abandono a tus fuerzas. Ni yo ni mis esforzados mirmidones pelearemos más junto a ti. Por este mi cetro, que antes fue árbol, lo juro; tan cierto como él no volverá a ser verde ni a dar hojas ni frutos, tus griegos han de acordarse de mí cuando yo no luche a su lado y caigan a centenares bajo el hierro de Héctor, el temido héroe de Troya.

Así habló Aquiles, el de los pies ligeros, golpeando furioso la tierra con su fuerte cetro remachado con clavos de oro. Y dicho esto se retiró a su tienda de troncos de abeto, adornada de escudos y pieles, y maldiciendo del rey comenzó a despojarse de su brillante armadura, arrojó su pesado escudo y su larga lanza de bronce, y lloró a su bella esclava con lágrimas amargas, pidiendo venganza a los dioses.

Al saberse estas noticias, el júbilo y la esperanza cundieron entre las filas troyanas, al mismo tiempo que el desaliento se apoderaba de los griegos, abandonados por el más grande de sus héroes. Muchos pensaron que allí era acabada la guerra, y ardiendo en deseos de regresar a sus hogares corrieron apresuradamente hacia las cóncavas naves, varadas en la orilla, dispuestos a botarlas al mar para partir.

Pero el prudente Ulises, empuñando el cetro de Agamenón, pastor de hombres, y arrojando al suelo su manto, corrió hacia las naves clamando:

— ¡Deteneos, héroes y príncipes de Grecia! ¿Qué desaliento o qué miedo puede impulsaros a abandonar así, como medrosas mujeres, el lugar donde tantos hermanos vuestros han perecido? El triunfo será nuestro al fin y en bien corto plazo. Un portento nos lo anunció cuando emprendimos el camino de Troya. Recordadlo: bajo un árbol hacíamos libaciones y sacrificios a los dioses, implorando su apoyo. De pronto un dragón rojo salió del altar y saltó al árbol, donde había un nido de gorriones con ocho crías. La madre piaba angustiada sobre ellos, y el dragón devoró, uno tras otro, a los ocho polluelos y a la madre, quedando luego convertido en piedra. Esto quería decir el prodigio: lo mismo que el dragón devoró entre gemidos a los nueve pájaros, nosotros lucharemos con dolor nueve años. Al cabo de este tiempo el triunfo será nuestro y Troya será destruida. Recordadlo y empuñad nuevamente las armas, héroes de Grecia. El triunfo será nuestro; el noveno año del asedio va a cumplirse.

Dijo el prudente Ulises, y sus palabras fueron acogidas con aclamaciones por los griegos, que, abandonando de nuevo las naves de corva proa, vuelven al campamento, empuñando sus lanzas y disponiendo para el combate los ágiles caballos y los carros sonoros.

Aquel día fue pródigo en hazañas por una y otra parte y rico en sangre de valientes. Abrazados y revueltos yacían por tierra amigos y enemigos.

Paris, el raptor de la bella Helena, culpable de la guerra, peleaba entre sus enardecidos troyanos, hermoso como un dios. De sus hombros colgaba una piel de leopardo, ceñían sus piernas fuertes grebas con hebillas de plata, su casco tremolaba al viento las largas crines y blandía en sus manos dos afiladas lanzas de bronce.

Al verle en el campo, Menelao, el esposo de la bella Helena, se lanzó hacia él, sediento de venganza, como el león contra el ciervo de enramadas astas. Pero la blanca Venus, viendo el peligro a Paris, su héroe predilecto, lo envolvió en una espesa nube, escondiéndole a los ojos de su adversario, al mismo tiempo que la flecha de un arquero hería a traición a Menelao.

Héctor, el del tremolante casco, el fuerte domador de caballos, orgullo y sostén de Troya, sembraba el espanto entre las filas griegas. Nadie podía resistir su empuje, semejante al del huracán en el bosque, y su hermano Paris, enardecido por la presencia del héroe, también luchaba esforzadamente a su lado.

Tal era el ardor de Héctor, que Minerva, la de los ojos claros, tuvo miedo de que su brazo decidiera en aquel día la victoria, y para evitarlo infundió en su corazón una loca soberbia, que le llevó a suspender la batalla, desafiando a los héroes griegos a luchar contra él solo, uno por uno.

Héctor dirigió a sus enemigos estas aladas palabras:

— Si vuestro campeón me vence en lucha leal, sean suyas mis armas, y entregue mi cadáver a los míos para que le hagan los honores fúnebres. Yo prometo hacer lo mismo si el triunfo es mío.

Un gran silencio reinó entre los griegos. Ante sus nobles palabras todos sentían vergüenza de rechazar el desafío; pero pocos se atrevían a aceptarlo.

Agamenón convocó a sus héroes, y nueve se adelantaron a luchar contra Héctor. Echadas las suertes, fue designado el gigantesco Ayax; el cual, orgulloso de pelear con tan esclarecido guerrero, avanzó hacia Héctor, guardándose detrás de su inmenso escudo.

Héctor arrojó su larga lanza de bronce, atravesando el escudo de Ayax; pero la afilada punta no llegó a la carne. Entonces el gigante lanzó la suya con vigoroso impulso, y atravesó el escudo de Héctor y la coraza, rasgándole la túnica y haciendo saltar la negra sangre. Pero no por eso se retiró Héctor del combate; sus manos cogieron un peñasco y lo lanzaron violentamente contra el escudo de Ayax, que resonó al fuerte golpe como un trueno. Luego desenvainaron las espadas, y acercándose uno a otro se disponían a seguir con ellas la lucha. Pero la noche venía encima y los heraldos suspendieron el combate, reconociendo el valor igual de griegos y troyanos. Entonces Héctor pronunció estas nobles palabras:

— Suspendamos, pues, el combate, ya que la noche se acerca. Pero separémonos como enemigos leales, haciéndonos ricos presentes, para que los tiempos venideros puedan decir en justicia que Héctor y Ayax han sabido pelear como leones y tratarse en la tregua con lealtad.

Y acercándose uno a otro, Héctor regaló a Ayax su espada guarnecida con clavos de plata. Ayax regaló a Héctor su tahalí de púrpura.

Desde que Aquiles, el de los pies ligeros, se retiró colérico a su tienda, los héroes griegos mueren a centenares delante de Héctor, y los troyanos se crecen día por día, a pesar de las portentosas hazañas del gran Diomedes y la fuerza del gigantesco Ayax y el valor del prudente Ulises, que habían jurado no regresar a su patria hasta que en Troya no quedase piedra sobre piedra.

Agamenón, rey de hombres, comprende al fin que el triunfo no estará de su parte mientras el terrible Aquiles no vuelva a combatir en sus filas. Y abatiendo su orgullo, decide ofrecerle nuevamente su amistad, devolviéndole la bella esclava que le arrebató y el regalo de sus carros de guerra, sus tesoros y lo mejor del botín que se tome el día en que en las murallas de Troya se rindan. Ayax y Ulises van a la tienda del héroe a llevar este mensaje, precedidos de dos heraldos. A la puerta de su tienda de ramas de abeto encuentran al divino Aquiles, cantando antiguas hazañas de guerra al son de una lira de plata. Su fiel amigo Patroclo le escucha en silencio, tendido a su lado en el suelo. El héroe recibe a los mensajeros, ofreciéndoles las libaciones y los manjares de la hospitalidad. Después escucha el mensaje de Agamenón, y sin ceder en su cólera responde estas orgullosas palabras:

— Los presentes de Agamenón me son odiosos. Soy tan poderoso como él, y para nada quiero la amistad de su corazón cobarde. Nada haré en favor de los griegos hasta que los troyanos lleguen en su victoria hasta la puerta misma de mi tienda. ¡Pero ay de Troya ese día!

Con estas palabras los mensajeros se retiraron llenos de tristeza a la tienda de Agamenón, rey de hombres.

Triste amaneció hoy el día para los griegos. El gran Diomedes, el prudente Ulises y el mismo Agamenón están heridos por la flecha y la pica. A su alrededor caen amontonados los mejores soldados de Grecia, y los troyanos, guiados por el tremolante penacho de Héctor, llegan ya hasta las mismas naves, lanzando teas ardientes para incendiarias.

Patroclo, conmovido ante el dolor de sus amigos, penetra en la tienda de Aquiles, que escucha impasible el fragor del combate. Y derramando ardientes lágrimas le habla estas aladas palabras:

— ¡Mal empleas tu valor, cruel Aquiles, cruzándote de brazos ante el dolor de los nuestros! Sólo la roca y el mar han podido engendrar tu duro corazón. Los mejores de nuestros héroes están heridos por la aguda flecha y la afilada lanza. Sólo Ayax resiste aún desde las naves, mientras los otros se revuelcan de terror ante Héctor, matador de hombres. Queda tú en la tienda si quieres cumplir tu palabra hasta el fin. Pero déjame a mí tus armas y tu carro; yo me presentaré con ellos en el combate, y los troyanos, confundiéndome contigo, retrocederán ante tu espada.

Dijo, y Aquiles, conmovido por el dolor de su fiel amigo, accedió a ello, entregándole no sólo sus armas, sino también el mando de sus hombres, los terribles mirmidones, que, lanzando gritos de júbilo, se aprestan al combate.

Patroclo toma las armas de Aquiles. Ajústase a las piernas sus grebas de broches de plata, protege su pecho con la labrada coraza, cuelga de su hombro la fuerte espada guarnecida de clavos de plata, embraza el ancho escudo y cubre su cabeza con el brillante casco, empenachado de largas crines de caballo. Sólo deja la poderosa lanza, que nadie más que Aquiles puede manejar. Y así armado, en el veloz carro de inmortales caballos, se lanza al combate seguido por los terribles mirmidones, a tiempo que en las naves griegas comienza a prender el incendio.

Al divisar el carro y las armas de Aquiles, el terror se apodera de los troyanos, que comienzan a huir en todas direcciones, retirándose de las naves y acogiéndose al amparo de las murallas.

Héctor, temblando de cólera, grita y combate animando a los suyos y conteniendo el ímpetu de los mirmidones con su lanza de bronce y su fuerte escudo guarnecido de pieles de toro.

El carro de Patroclo atropella a los que huyen; sus gritos y su lanza siembran la confusión en torno suyo. Los caballos troyanos, desuncidos, relinchan y galopan desbocados, como los torrentes que se despeñan bramando por las montañas cuando la tempestad descarga su lluvia sobre la negra tierra,

Sólo un héroe troyano se atreve a hacer frente a Patroclo, y cae desplomado bajo su lanza como la encina que se corta en el monte para tallar un mástil de navío.

Corto y brillante es el triunfo del héroe, que llega en su empuje hasta las mismas murallas. Un venablo le hiere, y las manos de los dioses desatan las correas de su armadura.

Por fin, el carro de Patroclo y el de Héctor se encuentran, y ambos se miran como el león y el jabalí que en la montaña se disputan un manantial. Pero Patroclo está herido: sus ojos se ciegan y el casco rueda de su cabeza. Así va a caer, desarmado, ante la lanza de Héctor, que se hunde en su carne. Patroclo, derribado en el suelo, pronuncia estas amargas palabras:

— No te alabes de mi muerte, orgulloso Héctor, que desarmado llegué a tus manos. Tampoco tú vivirás largo tiempo.

Así dijo, y la muerte le cubrió con su manto.

Cuando Aquiles supo por un heraldo la muerte de Patroclo, un gran grito de dolor estalló en su corazón. Derramó con ambas manos ceniza sobre su cabeza y se tendió llorando sobre el polvo.

Los mirmidones llevaron hasta su tienda el cadáver del héroe. Iba desnudo, porque Héctor, al vencerle, se apoderó, como botín, de su brillante armadura. Aquiles lloró, poniendo sus manos sobre el pecho del amigo. Mandó poner al fuego un gran trípode para calentar agua con que lavar la sangre. Lavó el cadáver y lo ungió con aceite. Después, colocándolo sobre el lecho, lo envolvió con una fina tela de hilo. Y toda la noche la pasó a su lado.Al día siguiente, furioso y terrible como nunca, el divino Aquiles, resplandeciente de nuevas armas fabricadas por los dioses, entraba en la batalla para vengar la muerte de su amigo.

El hermoso Héctor, domador de caballos, acudía al palacio de Príamo para despedirse de su esposa y de su hijo. Los ancianos y las mujeres lloraban, presintiendo un día de desgracia para los suyos. También lloraba la hermosa Helena por la suerte de Héctor, el único héroe que aún no la odiaba por la desgracia que su funesta belleza había traído sobre Troya.

Pero Andrómaca, la esposa de Héctor, no estaba en el palacio bordando tapices en medio de sus esclavas, sino que desde las altas murallas, con su hijo en brazos, miraba ansiosa hacia el campo de batalla.

Al encontrarse los esposos se abrazaron tiernamente. Héctor fue a besar a su hijo, pero el niño, asustado por el brillo de las armas y el tremolante penacho de crin de caballo, rompió a llorar de miedo, ocultando su cabeza contra el pecho de su madre. Entonces, olvidados por un momento del horror de la batalla, los esposos rieron, abrazados sobre el cuerpo del pequeñuelo.

Héctor se quitó el casco de largas crines, que dejó en el suelo, y tomó en sus brazos al niño, besándole con ternura. Andrómaca, sonriendo en medio de sus lágrimas, miraba a su brillante esposo y al niño, tan pequeño en sus brazos, mientras al otro lado de la muralla corría la sangre de los héroes.

— ¡Desdichado Héctor, esposo mío! —clamaba Andrómaca—. No te atrevas a luchar con el terrible rey de los mirmidones. Aquiles mató a mi padre en el sitio de Tebas, y mis siete hermanos han perecido también al empuje de su fuerte lanza. Ten compasión de tu esposa y de tu hijo, noble Héctor. No salgas hoy al combate; no te enfrentes con el invulnerable Aquiles, protegido de los dioses.

— Por la gloria de mi padre y de Troya —respondió Héctor—, no puedo retroceder ante Aquiles. Presiento que el fin de nuestra ciudad se acerca. Entonces nuestras mujeres serán condenadas a la esclavitud y nuestros guerreros serán pasto de los perros junto a las cóncavas naves. ¡Cierre la negra muerte mis ojos antes de presenciar tanta desdicha!

Y así diciendo, Héctor se cubrió nuevamente con su casco, y dando el último adiós a Andrómaca y a su hijo se alejó hacia el campo de batalla.

Muchos guerreros han perecido ya bajo la lanza del terrible Aquiles. Tantos, que las aguas del río Escamandro, que desemboca junto a las naves, se desbordan llenas de sangre. El héroe huye del río desbordado y llega, acorralando a los troyanos, hasta las mismas murallas. Allí sus ojos se encuentran con los de Héctor, y Aquiles lanza un alarido de júbilo al ver al matador de Patroclo. Su lanza es semejante al rayo; su escudo de cinco capas, de oro y bronce, con abrazaderas de plata, relumbra al sol, y su aspecto sólo es comparable al de Marte, dios de las batallas.

Héctor siente desfallecer su fuerte corazón ante el aspecto terrible y deslumbrante del héroe griego. Da unos pasos atrás, cegado por su esplendor; pero Minerva, la diosa de los ojos claros, queriendo perderle, se presenta a él revistiendo la forma de su hermano y le dice estas palabras:

— Ánimo, mi buen hermano. Luchemos juntos contra Aquiles.

Héctor, confortado por la presencia de su hermano, hace frente al héroe divino, y antes de trabar combate le habla estas aladas palabras

— Escúchame, brillante Aquiles. Uno de los dos ha de morir aquí. Si la victoria es mía, te despojaré de tus armas, pero no insultaré tu cadáver, que entregaré a los tuyos para que lo lloren. Prométeme tú lo mismo y sean los dioses testigos de nuestro pacto.

Pero, mirándole con torva faz, respondió Aquiles. el de los pies ligeros:

— No me hables, Héctor, de pactos que no pueden existir entre tú y yo, como no existen entre los leones y los hombres, ni entre los lobos y los corderos. Tú morirás hoy bajo mi lanza y los perros y los buitres destrozarán ignominiosamente tu cadáver, que arrastraré tres veces alrededor de la tumba de Patroclo.

Y así diciendo, arrojó con vigoroso impulso su larga lanza; pero Héctor se inclinó a tiempo, y la lanza de Aquiles se clavó temblando a su lado en el suelo. Minerva la recogió y se la devolvió a Aquiles sin que Héctor se diera cuenta.

El troyano lanzó la suya, que se clavó en el escudo del mirmidón, sin alcanzar a herirle. Volvióse a su hermano para pedirle una nueva lanza, pero su hermano había desaparecido. Entonces comprendió Héctor que todo había sido un engaño de los dioses, y que la hora de su muerte se acercaba. Y dispuesto a morir, empuñó su fuerte espada y se arrojó sobre Aquiles como el águila se lanza impetuosa desde las nubes sobre su presa en la llanura.

Pero Aquiles le esperaba a pie firme, y por las junturas de la coraza le hundió su larga lanza en la garganta. Así cayó Héctor, arañando con sus manos el polvo. Y habló al vencedor con apagada voz:

— Por tus padres te lo ruego, divino Aquiles: respeta mi cadáver, entrégalo a los míos y que los troyanos lo lloren en mi ciudad.

Dicho esto, la muerte le cubrió con su manto. Y su alma abandonó los miembros, llorando porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven.

Pero Aquiles no quiso escuchar su ruego. Le despojó de la ensangrentada armadura y llamó a los griegos, que acudieron, hiriendo todos el cadáver. Después, con tiras de piel de buey, le ataron por los pies al carro del vencedor y le arrastraron hasta las naves, chocando su cabeza contra el suelo y esparcida por el polvo su larga cabellera. Desde las murallas, Andrómaca y sus padres contemplaban el horrible espectáculo, desgarrando sus vestiduras y llorando lágrimas desesperadas.

Muchos días lloró aún Aquiles la muerte de su amigo Patroclo, insultando el cadáver de Héctor. Pero los dioses, compadecidos del héroe vencido, cuidaban de noche su cuerpo, lavándolo y cerrando sus heridas.Por fin, una noche hasta la tienda de Aquiles llegó el venerable Príamo, pastor de hombres y padre de Héctor. Y arrojándose a los pies del héroe abrazó sus rodillas y besó sus manos, suplicándole:

— ¡Apiádate de mi vejez, oh poderoso Aquiles! Acuérdate de tu padre, que tiene la misma edad que yo, y conmuévate el dolor de un anciano. He engendrado muchos hijos valientes, que han muerto defendiendo a su ciudad, y el más hermoso de todos, mi querido Héctor, gloria y sostén de Troya, yace aquí, insepulto, como un perro, junto a tus naves. Devuélveme su cuerpo para que los troyanos lo lloren, rindiéndole el culto debido a los héroes. Apiádate de mí, que por amor de Héctor he hecho lo que ningún otro hombre se atrevería a hacer en la tierra: besar las manos del matador de mi hijo.

Estas palabras conmovieron a Aquiles. Y el cadáver de Héctor, envuelto en una valiosa túnica, fue al fin devuelto a Troya.Los troyanos lloraron a gritos, por espacio de nueve días, sobre el cuerpo destrozado del héroe, cuya cabeza besaba Andrómaca desesperadamente.

Sobre una inmensa pira, en el campo de batalla, colocaron el cuerpo querido, prendiendo fuego a la leña. Apagaron luego con negro vino la llama y recogieron los blancos huesos y las cenizas en una urna de oro cubierta de púrpura. Y llorando lo volvieron en hombros a la ciudad.

Así celebraron los troyanos las honras de Héctor, domador de caballos.

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José Martí – La Ilíada, de Homero (La Edad de Oro, 1889) (Tradición clásica)

 

José Martí – La Ilíada, de Homero

(La Edad de Oro, 1889)

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Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás de la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores. Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter de cada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sin necesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música como los de la Ilíada, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de Homero, donde parece que es un padre el que habla.

En la Ilíada no se cuenta toda la guerra de treinta años de Grecia contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasó en la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltando a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos, Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y era como un rey mayor, que tenía más mando y poder que todos los demás que vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey troyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que cantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de las mismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían los prisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa de los reyes, porque Agamenón se resistía a devolver al sacerdote troyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcas que se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba enojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de un sacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre todos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los griegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería a Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en su tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón “borracho de ojos de perro y corazón de venado”, y sacó la espada de puño de plata para matarlo delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su lado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquiles echó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más a favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su tienda.

Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la Ilíada, desde que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuando los troyanos le mataron a su amigo Patroclo, y salió a pelear otra vez contra Troya, que estaba quemándoles los barcos a los griegos y los tenía casi vencidos. No más que con dar Aquiles una voz desde el muro, se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja una corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los caballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo que sucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido: —la disputa de los reyes, —el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de Agamenón a Aquiles, —el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao, el esposo de Helena, —la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y el modo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo a Menelao, —la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvo casi muerto a Eneas de una pedrada, —la visita de Héctor, el héroe de Troya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro, —la batalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear, perseguido por Héctor vencedor, —la embajada que le mandan los griegos a Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que él no pelea están ganando los troyanos, —la batalla de los barcos, en que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura, —la muerte de Patroclo, —la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que le hizo el dios Vulcano, —el desafío de Aquiles y Héctor, —la muerte de Héctor, —y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles le devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y guardar los huesos blancos en una caja de oro. Así se enojó Aquiles, y ésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo.

A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoy dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de Dios, que es lo que llaman “el derecho divino de los reyes”, y no es más que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos eran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo las estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla aunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y como otros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creador del mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente que se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.

Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo, según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo era pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel y muchas ovejas. Así se ve en la Ilíada, que hay como dos historias en el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del cielo son como una familia, sólo que no hablan como personas bien criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los hombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin saber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había en las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo, el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el de pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses subían y bajaban, a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; o peleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; o se llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase de matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la figura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a Agamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes, en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano. Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contra Menelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porque Minerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de la cara una mosca. En la Ilíada están juntos siempre los dioses y los hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede más que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos y contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la Ilíada, aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y mucha política, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen.

Pero lo hermoso de la Ilíada es aquella manera con que pinta el mundo, como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cielo quién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvo tantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter consintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se arrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y “cuando dijo que sí, tembló el Olimpo”. No busca Homero las comparaciones en las cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que él cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de soldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacar a los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversión era oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las batallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldades de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio; y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historias de los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto y provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñaba en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de un dios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Por eso hay en la Ilíada tantas descripciones de combates, y tantas curas de heridas, y tantas arengas.

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Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la Ilíada. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo en pueblo, cantando la Ilíada y la Odisea, que es otro poema donde Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compuso Homero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griego Herodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias de ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, que es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si Herodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sin pensar, como solía él escribir.

Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la Ilíada, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenas traducciones, y el que sepa inglés debe leer la Ilíada de Chapman, o la de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope, que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como leer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es de Hermosilla; porque las palabras de la Ilíada están allí, pero no el fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en que parece que se ve amanecer el mundo, —en que los hombres caen como los robles o como los pinos, —en que el guerrero Ajax defiende a lanzazos su barco de los troyanos más valientes, —en que Héctor de una pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, —en que los dos caballos inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo Patroclo, —y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el cielo se junta con el mar.

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Cada cuadro de la Ilíada es una escena como ésas. Cuando los reyes miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va a llorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcos de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a oírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al cielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos vencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan alto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño de carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como un león hambriento en un rebaño: —pero mientras Aquiles esté ofendido, los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo; Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyes que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño y de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lo mató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: los griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y luego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llama cobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos queden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de los griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuide de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor y Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece: pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los vienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, y Ajax le regala a Héctor un cinturón de púrpura.

Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que han levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los cuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí. Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctor victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de una puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de punta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, y corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás, de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y Aquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen los embajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuña la lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir a pelear. A la vista de las armas de Aquiles, a la vista de los mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El gran Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros, se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo el casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe la lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a su amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre, para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo la uva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar, y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y le hizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera de oro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el carro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más que de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya el consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a Patroclo, porque fue amable y bueno.

Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, que mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque los dioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un gran delfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los muros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo ruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a Troya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándose con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y suplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean. Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como águila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver: Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándole en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza a Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro, arrastrando.

Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo de Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrero se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; y mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles mató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáver de Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y Aquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba vuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo, ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de él Venus y Apolo.

Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una pelea a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después una lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para ver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quién tiraba más lejos la lanza.

Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que era Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con el dios Mercurio, —Príamo, el de la cabeza blanca y la barba blanca— Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manos muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles se levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañaran de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con una de las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por la noche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar por primera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no debía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que los vieran los griegos.

Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral a Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo los injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujeres lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. y lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrómaca su mujer, y le habló al cadáver. Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo, temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve días estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaron mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en el palacio del rey Príamo. Así acaba la Ilíada, y el cuento de la cólera de Aquiles.

(De José Martí, Obras completas, vol. 18, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, pp. 326-336)

 

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Ando ahora, desde hace varias semanas, intentando desarrollar un plan de lectura relacionado con las lenguas clásicas para incluirlo en la programación del departamento. Quiero que sea algo abierto, que responda a los intereses y necesidades de los alumnos, y que no contenga lecturas obligatorias, sino que sean los propios alumnos los que decidan qué leen y por qué leen.

Siempre me ha llamado la atención cómo una persona decide comenzar a leer, quizá por la experiencia propia: yo comencé a leer en los Pulgarcito y DDT cuando tenía 4 años y, seguí haciéndolo después, hasta los 7 u 8 años, en que encontré los libros de lectura Senda, de la Editorial Santillana, hoy ya una reliquia casi imposible de hallar. En aquellos libros encontré las historias de la mitología clásica, y las historias de Hércules y los doce trabajos, que hicieron que comenzase a aumentar mi interés por la lectura.

Ahora quiero ser yo el que contribuya a que los alumnos vean la lectura como un placer y no como una obligación. Poco a poco, pasito a pasito (como dicen hoy), o paulatim, creo que lograré hacer algo que pueda durar algo más que un curso. Para todos los interesados, dejo el texto anterior en formato PDF para descargar e imprimir a doble cara. Faltan las actividades, pero seguro que todos vosotros sois capaces de adaptar el texto a vuestros alumnos.

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Andalucía – Griego II EBAU – Guía para la preparación del examen

 

Gracias a Javier Almodóvar, todo el mundo puede contar con esta guía para la preparación del examen de Griego II en la EBAU.

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Andalucía – Latín II EBAU – La fábula latina (actualización)

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(De M. Agustín Príncipe, Fábulas en verso castellano y en variedad de metros, 1861 y 1862, p. 255, disponible en internet en http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000047161&page=1)

Si nadie lo remedia o encuentra fallos en esta tercera (y creo que definitiva versión), pongo hoy a disposición de todos el tema de la fábula latina para el examen de la Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad en la asignatura de Latín II. He pensado que sería bueno hacer dos versiones, una, completa, con notas y bibliografía, y otra, un poco más aligerada en las notas y sin bibliografía a la que he llamado versión reducida. Aquí pueden descargarse las dos en formato pdf (para imprimir a doble cara):

Como siempre, espero vuestras sugerencias.

 

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Jorge Luis Borges – César (Tradición clásica)

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(Heinrich Friedrich Füger, El asesinato de Julio César)

 

César

Aquí, lo que dejaron los puñales.
Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto
que se llamaba César. Le han abierto
cráteres en la carne de los metales.

Aquí la atroz, aquí la detenida
máquina usada ayer para la gloria,
para escribir y ejecutar la historia
y para el goce pleno de la vida.

Aquí también el otro, aquel prudente
emperador que declinó laureles,
que comandó batallas y bajeles

y que rigió el oriente y el poniente.
Aquí también el otro, el venidero
cuya gran sombra será el orbe entero.

(De Jorge Luis Borges, Los conjurados, 1985)

 

 

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In memoriam: Gata Cattana – Lisístrata (Tradición clásica)

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Lisístrata

Yo no camelo perfumes de Nina Ricci,
soy más de libros de la Silvia Federicci,
será mejor que trates mejor a esas bitches,
no sea que de repente me escuchen y se compinchen.
Os lo tengo dicho,
os lo dejo hecho,
al punto, la teoría King Kon no apunta.
Facilito tronco, deja de poner impedimentos,
deja de ser un experimento.
Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo.
Deja de follarme con los ojos ya de paso cuando paso por la calle sola en todo momento
porque me cago en to.
Que en pleno siglo veintiuno,
que tenga que venir la Ana a rebatir a Froid,
a tradiciones largas desde Nietzsche hasta Unamuno,
de Aristóteles a Darwin,
desde Franco hasta Rajoy.
Aquello es barro, esto es lodo, sé por dónde voy,
que las cosas no han cambiao demasiado a día de hoy.
Haciéndome hit rain a lo hard country,
modus operandi,
rayaos, estampaos rollo punky.

Eres la puerta del demonio,
eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido,
eres la primera desertora de la ley divina.
Eres la que condenó a aquel a quien el diablo no fue suficiente para atacar,
así de fácil destruiste la imagen de Dios y el hombre,
a causa de tu decepción, mujer.
Que venga Dios y lo vea,
como a Gea se la marginó,
ardió en la hoguera con tres brujas durante la inquisición,
vale, que monten sus ministros festivales feministas contra la segregación,
alimentando el tópico con discriminación positiva que es mentira,
no es ninguna solución,
yo hago lo que quiero bajo el “niña no andes sola”,
mujer en toda regla, poetisa con mayúscula.
Descontrola por la ciudad cantando hardcore
con camisa y tacones altos.
Con la moral muy por encima de sus cuentos, como la de otras tantas putas que mueren callando.
Y ando cayendo ya, encallándome en mi propia guerra cívil como Lisístrata.
Sin más que decir, que aportar a la causa
Rosa Luxemburgo, campo amor, guerra amazona, vestal romana, sendero impío hacia la vida humana,
Keny Arkana
yo os invoco hijas de Eva buscando una luz
buscando una luz, buscando una luz
yo os invoco hijas de Eva buscando una luz
buscando una luz, buscando una luz
yo os invoco hijas de Eva.
Desde que Prometeo les mostró el truco del fuego
sometieron nuestro ego desde Atenas a Estambul
Tú y cuántos cómo tú contra estas dos titánides
corre ve y dile a aquel que no vamos a ser tan dóciles
Imbéciles se creen que son la élite y caerán por su propio peso cuando rescate a Eurídice
Lapídame, humíllame, si quieres ponme un burka
arráncame la bolle, el clítoris pa ser más pulcra.
Escóndeme, tápame bien ese escote impuro,
no sea que te pervierta o te transporte al lado oscuro,
no sea que te intoxique con mi psique de cianuro.
La mujer es el diablo eso seguro, ten cuidao.
Y ando cayendo ya, encallándome en mi propia guerra civil como Lisístrata.
Sin más que decir, que apuntar a la causa un tributo a mis musas que luchan.
Entiendo que la mujer, si no es prostituta es que es tonta,
pero si es que no es ninguna de las dos,
lo que sí es seguro es que es mala.
Las mujeres no somos ni malévolas,
ni malignas,
no engendramos el demonio,
y tampoco somos santas porque nos santificamos cuando llegamos a ser madres.
Las mujeres somos mujeres.

(De Gata Cattana, Anclas, 2015)

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A comienzos de marzo de 2017 ha fallecido Gata Cattana, nombre artístico de Ana Isabel García, rapera y poeta cordobesa. Como homenaje a su trabajo he pensado que sería bueno incluir aquí una muestra de la tradición clásica que usaba en sus letras, y una de sus últimas actuaciones completas en Madrid, en la fiesta de Radio 3. Requiescat in pace.

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Augusto Monterroso – La tela de Penélope (Tradición clásica)

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(John William Waterhouse, Penelope and the suitors, 1912)

La tela de Penélope,

o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

(De Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, 1969)

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(La tela di Penelope, del ballet Odissea – Nessuno è pur sempre il nome di qualcuno. Coreografía: Michelle Vitrano)

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La referencia al sueño de Homero está tomada de un verso de Horacio en su Ars poetica 359:

quandoque bonus dormitat Homerus

para indicar que a veces incluso el mejor poeta de todos, Homero, puede haber cometido errores. Horacio se refiere en particular a las contradicciones que aparecen entre pasajes distantes de los poemas homéricos. Hoy la expresión se usa para señalar la posibilidad de que las personas famosas o geniales cometan errores.

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Augusto Monterroso y Mario Benedetti – La fábula en el siglo XX (Tradición clásica)

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El perro que deseaba ser un ser humano

En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.

Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.

(De Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, 1969)

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El hombre que aprendió a ladrar

A Tito Monterroso,
este agradecido complemento
de «El perro que deseaba ser un ser humano».

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desaliento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: «La verdad es que ladro por no llorar». Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día, Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: «Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar?». La respuesta de Leo fue escueta y sincera: «Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano».

(De Mario Benedetti, Despistes y franquezas, 1989)
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Andalucía – Cambios en el calendario de la EBAU

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El Distrito Único Andaluz ha publicado el nuevo calendario de la Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad (la EBAU, antigua selectividad), en el que se han incluido, para las pruebas de admisión, seis asignaturas optativas nuevas. La semana pasada las universidades andaluzas acordaron incluir nuevas materias en la prueba de admisión, que no estaban contempladas en la orden ministerial de finales de diciembre.

Se trata así de que los estudiantes tengan más materias que elegir para subir nota, de manera que también se preserve la igualdad de oportunidades ya que, en muchos casos, habían elegido esas asignaturas pensando en el examen. Las materias que se han incluido han sido Análisis Musical II, Historia de la Música, Tecnología Industrial II, Técnicas de Expresión Gráfico-Plástica, Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente y Dibujo Artístico.

Con los cambios introducidos, la prueba de acceso (equivalente a la anterior fase general) queda como estaba: Lengua Española y Literatura, primera Lengua Extranjera e Historia de España. Y la cuarta será una de las troncales según el itinerario de Bachillerato: Matemáticas II; Latín II; Matemáticas aplicadas a las Ciencias Sociales y Fundamentos del Arte II.

Los alumnos que quieran mejorar su nota de admisión podrán realizar con carácter opcional hasta un máximo de cuatro pruebas más que se consideran de admisión, y que versarán sobre las materias de opción del bloque de asignaturas troncales de segundo curso (la conocida hasta ahora como fase específica). Estas materias de opción para el Bachillerato de Ciencias son Biología, Dibujo Técnico II, Física, Geología, Química y, ahora también, Ciencias de la Tierra y Tecnología Industrial. En el de Humanidades, Economía de la Empresa, Geografía, Griego II, Historia del Arte e Historia de la Filosofía. Y en el de Artes, Artes Escénicas, Cultura Audiovisual II, Diseño y las que se han incorporado: Análisis Musical II, Historia de la Música, Técnicas de Expresión Gráfica y Dibujo Artístico.

No hay variación respecto a las fechas previstas: en junio y septiembre, la selectividad será los días 12, 13 y 14.

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Andalucía – Latín II EBAU – La fábula

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Debido a la introducción de la LOMCE en el Bachillerato en Andalucía (y creo que también en otras comunidades) se han producido cambios en los temarios de Literatura Latina. Uno de ellos es la sustitución del tema titulado La fábula, la sátira y el epigrama por otro titulado simplemente La fábula, con lo que desaparecen del temario la sátira y el epigrama.

Por eso he reelaborado consultando diversos materiales encontrados en internet el tema de La fábula para que a los alumnos les resulte más atractivo y dispongan de mayor información en la redacción de este tema. Comienza así:

La fábula es un relato (generalmente en verso, pero también en prosa) en el que intervienen animales que reproducen defectos y comportamientos de los hombres y que concluye con una moraleja. Había tenido una cierta utilización dentro de otros géneros, pero no surge en la literatura latina como un género independiente, con sus características propias, hasta el siglo I d.C. por obra de Fedro.
El origen de la fábula, como el de la mayor parte de los géneros literarios, hay que buscarlo en Grecia, donde había surgido como una manifestación popular en oposición a la poesía solemne. La épica era un tipo de poesía que respondía a la concepción de la vida de los nobles y aristócratas, mientras que la fábula se situaba en el otro extremo, y representaba la vida del pueblo humilde. Los griegos, a los que les gustaba asignar un inventor concreto a cada género, atribuyen el origen de la fábula a Esopo, esclavo tracio o frigio que vivió hacia la mitad del siglo VI a.C. y cuya vida nos ha llegado llena de datos legendarios.
Lo cierto es que las fábulas debieron circular por su propia naturaleza popular fácilmente de un pueblo a otro y podían tener un origen muy diverso; probablemente se transmitían de forma oral: mercaderes, cómicos y, muy especialmente, esclavos fueron vehículos de transmisión de las mismas.

En este enlace puede descargarse la versión 2 del tema completo en formato pdf (para imprimir a doble cara) y en este otro enlace algunos textos de Fedro (Mercurius et mulieres duae y Aesopus et rusticus), obra de Mario del Río (Circulus Latinus Lusitanus), modo Oerbergiano. Gracias, Mario.

Actualización: Mario del Río me ha enviado la fábula de Fedro Rana rupta et bos en una adaptación de John Kevin Newman, profesor linguae latinae in Universitate Illinois, que presentó en el Circulus Latinus Lusitanus, y también, modo Oerbergiano, la fábula Vidua et miles, de la Appendix Perottina.

Actualización: Faltaba el audio y, al final, he encontrado en archive.org algunas recreaciones de fábulas (gracias a David Ring, Davus Circulus, en latín) en latín con su audio. Podéis ver el documento en este enlace y escuchar y descargar los audios en este otro. El audio en la voz de Justin Slocum Bailey está disponible en pronunciación clásica y pronunciación eclesiástica en este otro enlace. Podéis descargar el documento Mīlle Fābulae et Ūna (Laura Gibbs’s Aesop): Fābulae 1-10 cum Paraphrasibus ā Davō Circulō (David Ring) Cōnscriptīs desde el siguiente enlace (en formato pdf).

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