Clásicas – Androcles y el león (Claudio Eliano y Aulo Gelio)

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Una de las historias más famosas de la literatura clásica, la de Androcles y el león, fue contada por dos autores, Claudio Eliano en griego y Aulo Gelio en latín. Más tarde, George Bernard Shaw escribiría una historia con el mismo argumento que fue la base de una película de 1952. Pero veamos primero la historia:

La historia en Claudio Eliano

La memoria es una facultad que poseen también los animales; y la poseen como algo innato, y no por obra de ejercitación o aprendizaje que ciertos embaucadores proclaman vanidosamente haber inventado. Prueba de ello es el relato siguiente.
Un tal Androcles, esclavo para su desdicha, se escapó de casa de su amo, senador romano, por haber cometido una fechoría, no sé si grave o leve. Llegó a Libia y, procurando evitar las ciudades «cuyo emplazamiento señalaba sólo mediante las estrellas» como ordinariamente se dice, se dirigió al desierto. Achicharrado por el mucho y ardiente calor del sol, se sintió contento al refugiarse bajo una cóncava roca, donde descansó. La roca era el cubil de un león.
Pues bien, el león había regresado de su cacería maltratado por una robusta astilla que lo había atravesado, y, al encontrarse con el joven le dirigió una tierna mirada, empezó a mover la cola, extendía su pata y, de todos los modos posibles le suplicaba que le arrancase la astilla. El joven al principio retrocedió asustado; pero cuando vio que la fiera se comportaba mansamente y vio la herida de la pata, extrajo de ésta lo que estaba causando el dolor y libró al animal de su sufrimiento.
El león, contento con su curación, pagó al joven sus cuidados dispensándole un trato de huésped y amigo y le hacía partícipe de cuanto cazaba. El animal comía los alimentos crudos según la costumbre de los leones, y el joven los cocía. Y disfrutaban de una mesa común, cada uno según su naturaleza.
Durante tres años llevó Androcles este género de vida. Después, habiéndole crecido excesivamente el cabello y aquejado de un fuerte escozor, abandonó al león y se confió a su suerte. Después, unos hombres los apresaron cuando caminaba errante y, enterados de a quién pertenecía, lo enviaron atado a su amo.
Éste castigó a su esclavo por el daño que le había ocasionado y decidió entregarlo a las fieras para que lo devorasen. Pero sucedió que aquel león libio cayó en poder de unos cazadores y fue dejado suelto en el circo lo mismo que el joven, destinado a morir, que había sido compañero de casa y albergue del animal.
El hombre no reconoció a la fiera, pero ésta al instante reconoció al hombre y, moviendo la cola, le mostraba su afecto, al tiempo que, agachando todo su cuerpo, se echaba a sus pies. Al fin, Androcles reconoció a su huésped y, abrazando al león como a un amigo que llega después de una ausencia, lo acogió afectuosamente.
Como este espectáculo parecía cosa de magia, se soltó contra el hombre un leopardo. Al abalanzarse éste contra Androcles, salió el león en defensa del que lo había curado, del hombre con el cual había compartido su mesa, y despedazó al leopardo.
Como es lógico, los espectadores no salían de su asombro, y el ciudadano que ofrecía el espectáculo llamó a Androcles y oyó de sus labios toda la historia. Y el relato corrió por toda la multitud y el pueblo, enterado puntualmente, pidió a gritos que se dejara libres al hombre y al león.
Así pues, la memoria es una facultad congénita de los animales. Y hay una historia que concuerda con la expuesta y tiene el mismo desenlace ***. En Samos en frente de Dioniso de la Boca Abierta podría uno imaginarse que ve el cubil. Consúltese, además, para esto, a Eratóstenes, a Euforión y a otros que lo cuentan.

(Claudio Eliano, Historia de los animales. Libros I-VIII. Introducción, traducción y notas por José María Regañón López, Gredos, Madrid, 1984)

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μνήμην δὲ παρακολουθεῖν καὶ τοῖς ζῴοις, καὶ ἴδιον αὐτῶν καὶ τοῦτο εἶναι χωρὶς τῆς ἐς αὐτὴν τέχνης τε καὶ σοφίας, ἣν τερατευόμενοί τινες ἐπινοῆσαι κομπάζουσι, τεκμηριοῖ καὶ ἐκεῖνα.
τὸν δεσπότην ὄντα τῶν ἐκ τῆς Ῥωμαίων βουλῆς ἀπέδρα Ἀνδροκλῆς ὄνομα, οἰκέτης τὴν τύχην, ὅ τι κακουργήσας καὶ ἡλίκον οὐκ οἶδα εἰπεῖν. ἧκε δ ̓ οὖν ἐς τὴν Λιβύην, καὶ τὰς μὲν πόλεις ἀπελίμπανε, καὶ τοῦτο δὴ τὸ λεγόμενον ἄστροις αὐτὰς ἐσημαίνετο, προῄει δὲ ἐς τὴν ἐρήμην. φρυγόμενος δὲ ὑπὸ πολλῆς καὶ διαπύρου τῆς ἀκτῖνος, ἀσμένως ὕπαντρόν τινα πέτραν ὑποδραμὼν ἡσύχαζε· λέοντος δὲ ἄρα κοίτη ἥδε ἡ πέτρα ἦν.
ἐπάνεισι τοίνυν ἐκ θήρας ὁ λέων, σκόλοπι βιαίῳ περιπαρεὶς καὶ κολαζόμενος, καὶ ἐντυχὼν τῷ νεανίᾳ εἶδεν αὐτὸν πράως, καὶ σαίνειν ἤρξατο, καὶ προύτεινε τὸν πόδα, καὶ ἐδεῖτο ὡς ἠδύνατο ἐξαιρεθῆναι τὸν σκόλοπα. ὃ δὲ τὰ μὲν πρῶτα κατέπτηξεν· ἐπεὶ δὲ πρᾶον τὸν θῆρα ἐθεάσατο καὶ τὸ κατὰ τὸν πόδα συνεῖδε πάθος, ἐξεῖλε τὸ λυποῦν τοῦ ποδός, καὶ τῆς ὀδύνης ἀπήλλαξεν.
ἡσθεὶς οὖν τῇ θεραπείᾳ ὁ λέων ἰατρεῖά οἱ ἐκτίνων ξένον τε ἐνόμιζε καὶ φίλον, καὶ ὧν ἐθήρα ἐκοινώνει. καὶ ὃ μὲν ἐσιτεῖτο ὠμὰ ᾗ λεόντων νόμος, ὃ δὲ ἑαυτῷ ὤπτα· καὶ κοινῆς ἀπέλαυον τραπέζης κατὰ φύσιν τὴν αὑτοῦ ἑκάτερος.
καὶ τριῶν μὲν ἐτῶν τὸν τρόπον τοῦτον διεβίωσεν ὁ Ἀνδροκλῆς· εἶτα ὑπεράγαν κουριῶν καὶ ὀδαξησμῷ βιαίῳ κατειλημμένος τὸν μὲν λέοντα ἀπολιμπάνει, ἑαυτὸν δὲ μεθίησι τῇ τύχη. εἶτα ἀλώμενον αὐτὸν συλλαβόντες καὶ ὅτου εἴη πυθόμενοι ἐς τὴν Ῥώμην τῷ δεσπότῃ δήσαντες ἀποπέμπουσιν.
ὃ δὲ ἐφ ̓ οἷς ἠδικήθη εὐθύνει τὸν οἰκέτην, καὶ κατεγνώσθη ἐκεῖνος θηρίοις βορὰ παραδοθῆναι. ἐθηράθη δέ πως καὶ ὁ Λίβυς ἐκεῖνος λέων καὶ ἀφείθη ἐν τῷ θεάτρῳ, καὶ ὁ νεανίας δὲ ὡς ἀπολούμενος ὅ ποτε αὐτῷ ἐκείνῳ τῷ λέοντι σύνοικός τε καὶ σύσκηνος γεγενημένος.
καὶ ὁ μὲν ἄνθρωπος οὐκ ἐγνώρισε τὸν θῆρα, ἐκεῖνος δὲ παραχρῆμα ἀνέγνω τὸν ἄνθρωπον, καὶ ἔσαινεν αὐτόν, καὶ ὑποκλίνας τὸ πᾶν σῶμα ἔρριπτό οἱ παρὰ τοῖς ποσίν. ὀψὲ δὲ καὶ ὁ Ἀνδροκλῆς ἐγνώρισε τὸν ἑαυτοῦ ξένον, καὶ περιλαβὼν τὸν λέοντα ὡς ἥκοντα ἑταῖρον ἐξ ἀποδημίας κατησπάζετο.
ἐπεὶ δὲ ἐδόκει γόης, ἐφείθη οἱ καὶ πάρδαλις. ὁρμώσης δὲ αὐτῆς ἐπὶ τὸν Ἀνδροκλέα, ὁ λέων ἀμύνων τῷ ποτε ἰασαμένῳ, καὶ κοινῆς τραπέζης μεμνημένος διασπᾷ τὴν πάρδαλιν.
οἷα τοίνυν εἰκὸς οἱ θεώμενοι ἐκπλήττονται, καὶ ὁ διδοὺς τὰς θέας καλεῖ τὸν Ἀνδροκλέα, καὶ τὸ πᾶν μανθάνει. καὶ θροῦς ἐς τὸ πλῆθος διαρρεῖ, καὶ τὸ σαφὲς ὁ δῆμος μαθόντες ἐλευθέρους ἐκβοῶσιν ἀφεῖσθαι καὶ τὸν ἄνδρα καὶ τὸν λέοντα.
ἴδιον δὴ τῶν ζῴων καὶ ἡ μνήμη. καὶ συνῳδὸν τοῖς προειρημένοις καὶ ἐς τὸ αὐτὸ δέ ἐστιν εὕδοντος ἐν τῇ Σάμῳ ἐπὶ τοῦ κεχηνότος Διονύσου νομίζοιτο ἂν καὶ τὸ φωλιὸν εἰδέναι. καὶ τοῦτο ἀκουέτω Ἐρατοσθένους τε καὶ Εὐφορίωνος καὶ ἄλλων περιηγουμένων αὐτό.

Claudius Aelianus, De natura animalium VII, 48

(Claudii Aeliani de natura animalium libri XVII, varia historia, epistolae, fragmenta, Vol 1. Aelian. Rudolf Hercher. In Aedibus B.G. Teubneri. Lipsiae, 1864)

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La historia en Aulo Gelio

XIV. Apión, hombre muy erudito apodado Plistonices, escribió que él había presenciado en Roma el mutuo reconocimiento entre un león y un hombre, que se habían conocido hacía mucho tiempo.

Apión, apodado Plistonices, fue hombre muy erudito y muy entendido en todo tipo de temas griegos. Son célebres sus libros, en los que se narran casi todos los relatos maravillosos que se ven y se oyen sobre Egipto. Pero en lo que dice haber oído o leído quizá se muestra demasiado locuaz por su interesado afán de ostentación, ya que en la manifestación de sus conocimientos alardea como un auténtico fanfarrón. Sin embargo, lo que escribe en el libro V de sus Egipciacas asegura que no lo oyó ni lo leyó, sino que él mismo lo vio en Roma con sus propios ojos.
“En el Circo Máximo –dice– se ofrecía al pueblo el espectáculo de una gran cacería. Encontrándome casualmente en Roma, presencié el espectáculo. Había allí muchas bestias feroces, de tamaño muy superior al habitual en los animales, y todas destacaban por su aspecto nunca visto o por su ferocidad. Pero por encima de todo causaba asombro la fiereza de los leones, entre los que descollaba uno en particular. Aquel león atraía sobre sí la atención y las miradas de todos por la fuerza y tamaño de su cuerpo, por su aigido resonante y aterrador, por sus músculos y por la melena ondulante sobre su cerviz. Entre otros muchos esclavos condenados a combatir contra las fieras figuraba uno, llamado Androclo, regalo de un ex-cónsul. Cuando aquel león lo vio desde lejos, de repente –sigue contando Apión– se detuvo como extrañado, y luego fue acercándose lenta y plácidamente hasta el hombre, como queriendo reconocerlo. Entonces comienza a mover la cola mansa y sosegadamente, como suelen hacer los perros zalameros, y se pega al cuerpo del hombre y lame suavemente con su lengua las piernas y manos del esclavo, que estaba casi muerto de miedo. Ante los halagos de una fiera tan atroz, Androclo recupera el sentido perdido y poco a poco vuelve sus ojos para mirar al león. En aquel momento, como si se hubieran reconocido mutuamente, podías ver al hombre y al león abrazándose llenos de alegría”.
Afirma Dión que, ante hecho tan asombroso, el público rompió en un enorme clamor y que Androclo fue llamado por el césar y preguntado el motivo por el que aquel terrible león sólo lo había perdonado a él. Entonces Androclo cuenta una historia asombrosa y digna de admiración. “Cuando mi dueño –dice– obtuvo el mando proconsular de la provincia de África, me vi obligado a fugarme a causa de sus azotes injustos y diarios y, a fin de hallar un refugio más seguro lejos de mi dueño, que era quien gobernaba en aquella tierra, me retiré a la soledad de los arenales y de los desiertos y decidí que, si me faltaba la comida, buscaría alguna manera de morir. Pues bien; al medio día, cuando el sol calentaba con más fuerza, alcancé una cueva remota y escondida, entré en ella y me escondí. Poco más tarde llegó a la misma cueva este león, cojeando de una pata ensangrentada y emitiendo gemidos y murmullos lastimeros a causa del agudo dolor que le producía una herida”. Siguió contando que en un primer momento, al ver al león acercarse, quedó sobrecogido de terror. “Pero después que el león entró –continúa diciendo– en la que parecía ser su guarida y me vio a lo lejos tratando de ocultarme, se acercó manso y tranquilo y pareció mostrarme la pata levantada y extenderla como pidiéndome ayuda. Entonces le arranqué una espina enorme que tenía clavada en la planta del pie y, oprimiendo, le saqué el pus acumulado en el fondo de la herida y luego, ya sin temor alguno, se la sequé completamente y con cuidado, y le limpié la sangre. Aliviado por los cuidados que le presté, se tumbó poniendo la pata sobre mis manos y descansó, y desde aquel día el león y yo vivimos compartiendo la cueva y la comida durante tres años enteros, pues me llevaba a la cueva los pedazos más suculentos de los animales que cazaba y yo, a falta de fuego, los torraba al sol de mediodía y los comía. Pero un día me harté de aquella vida de fieras y, aprovechando que el león había salido a cazar, abandoné la cueva y, después de caminar durante casi tres días, fui avistado por los soldados, detenido y llevado desde Africa a Roma para ser entregado a mi dueño. Éste se encargó al punto de que se me condenara a muerte y entregase a las fieras. Supongo que este león fue capturado después de que yo me separé de él y que ahora me devuelve el favor por haberlo curado y atendido”.
Afirma Apión que fue Androclo quien contó estas cosas y que todo ello fue expuesto y dado a conocer al pueblo escribiéndolo en un panel de madera; que, por petición unánime, Androclo fue declarado libre y exento de castigo, y que, por sufragio popular, le fue regalado el león. “Después de ello –dice– veíamos a Androclo y al león, atado con una cuerda delgada, recorrer todas las posadas de la ciudad; a Androclo le daban monedas, al león lo cubrían de flores y por doquier todos cuantos los hallaban a su paso decían: ‘Ése es el león que dio hospedaje al hombre; ése es el hombre que curó al león’”.

(Aulo Gelio, Noches áticas. I. Libros 1-10. Introducción, traducción, notas e índices de Manuel-Antonio Marcos Casquero y Avelino Domínguez García, Universidad de León, 2006)

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XIV
Quod Apion, doctus homo, qui Plistonices appellatus est, vidisse se Romae scripsit recognitionem inter sese mutuam ex vetere notitia hominis et leonis.

Apion, qui Plistonices appellatus est, litteris homo multis praeditus rerumque Graecarum plurima atque varia scientia fuit. Eius libri non incelebres feruntur, quibus omnium ferme quae mirifica in Aegypto visuntur audiunturque historia comprehenditur. Sed in his quae vel audisse vel legisse sese dicit, fortassean vitio studioque ostentationis sit loquacior –est enim sane quam in praedicandis doctrinis sui venditator– hoc autem, quod in libro Aegyptiacorum quinto scripsit, neque audisse neque legisse, sed ipsum sese in urbe Roma vidisse oculis suis confirmat.
“In Circo Maximo,” inquit, “venationis amplissimae pugna populo dabatur. Eius rei, Romae cum forte essem, spectator,” inquit, “fui. Multae ibi saevientes ferae, magnitudines bestiarum excellentes omniumque invisitata aut forma erat aut ferocia. Sed praeter alia omnia leonum,” inquit, “ immanitas admirationi fuit praeterque omnis ceteros unus. Is unus leo corporis impetu et vastitudine terrificoque fremitu et sonoro, toris comisque cervicum fluctuantibus, animos oculosque omnium in sese converterat. Introductus erat inter compluris ceteros ad pugnam bestiarum datos servus viri consularis; ei servo Androclus nomen fuit. Hunc ille leo ubi vidit procul, repente,” inquit, “quasi admirans stetit ac deinde sensim atque placide, tamquam noscitabundus, ad hominem accedit. tum caudam more atque ritu adulantium canum clementer et blande movet hominisque se corpori adiungit cruraque eius et manus, prope iam exanimati metu, lingua leniter demulcet. Homo Androclus inter illa tam atrocis ferae blandimenta amissum animum recuperat, paulatim oculos ad contuendum leonem refert. Tum quasi mutua recognitione facta laetos,” inquit, “et gratulabundos videres hominem et leonem.”
Ea re prorsus tam admirabili maximos populi clamores excitatos dicit, accersitumque a C. Caesare Androclum quaesitamque causam cur illi atrocissimus leo uni parsisset. Ibi Androclus rem mirificam narrat atque admirandam. “Cum provinciam,” inquit, “Africam proconsulari imperio meus dominus obtineret, ego ibi iniquis eius et cotidianis verberibus ad fugam sum coactus et, ut mihi a domino, terrae illius praeside, tutiores latebrae forent, in camporum et arenarum solitudines concessi ac, si defuisset cibus, consilium fuit mortem aliquo pacto quaerere. Tum sole medio,” inquit, “rabido et flagranti specum quandam nanctus remotam latebrosamque, in eam me penetro et recondo. Neque multo post ad eandem specum venit hic leo, debili uno et cruento pede, gemitus edens et murmura, dolorem cruciatumque vulneris commiserantia.” Atque illic primo quidem conspectu advenientis leonis territum sibi et pavefactum animum dixit. “Sed postquam introgressus,” inquit, “leo, uti re ipsa apparuit, in habitaculum illud suum, videt me procul delitescentem, mitis et mansues accessit et sublatum pedem ostendere mihi et porgere quasi opis petendae gratia visus est. Ibi,” inquit, “ego stirpem ingentem, vestigio pedis eius haerentem, revelli conceptamque saniem volnere intimo expressi accuratiusque sine magna iam formidine siccavi penitus atque detersi cruorem. Illa tunc mea opera et medella levatus, pede in manibus meis posito, recubuit et quievit atque ex eo die triennium totum ego et leo in eadem specu eodemque et victu viximus. Nam, quas venabatur feras, membra opimiora ad specum mihi subgerebat, quae ego, ignis copiam non habens, meridiano sole torrens edebam. Sed ubi me,” inquit, “vitae illius ferinae iam pertaesum est, leone in venatum profecto, reliqui specum et viam ferme tridui permensus a militibus visus adprehensusque sum et ad dominum ex Africa Romam deductus. Is me statim rei capitalis damnandum dandumque ad bestias curavit. Intellego autem,” inquit, “hunc quoque leonem, me tunc separato captum, gratiam mihi nunc beneficii et medicinae referre.”
Haec Apion dixisse Androclum tradit, eaque omnia scripta circumlataque tabula populo declarata, atque ideo cunctis petentibus dimissum Androclum et poena solutum leonemque ei suffragiis populi donatum. “Postea,” inquit, “videbamus Androclum et leonem, loro tenui revinctum, urbe tota circum tabernas ire, donari aere Androclum, floribus spargi leonem, omnes ubique obvios dicere: ‘ Hic est leo hospes hominis, hic est homo medicus leonis.’”

Aulus Gellius, Noctes Atticae V, 14

 

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