Alejandro Casona – Héctor y Aquiles (Flor de leyendas, 1932) (Tradición clásica)

 

Alejandro Casona – Héctor y Aquiles

(Flor de leyendas, 1932)
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La Ilíada es el más antiguo poema épico de la literatura universal. Lo compuso, hace tres mil años, un anciano poeta ciego, llamado Homero, gloria de Grecia. Y los rapsodas, sus discípulos, lo cantaron por los caminos y los campamentos, conservando para la inmortalidad, por la belleza de su palabra, el recuerdo de los dos grandes héroes de la guerra de Troya: Aquiles, el de los pies ligeros, y Héctor, domador de caballos.

Hace nueve largos años que el ejército griego acampa, junto a sus negras naves, frente a las murallas de Troya. Durante tanto tiempo sobre la franja de tierra que se extiende entre las murallas y el mar se han desarrollado centenares de combates, donde se han mezclado héroes y dioses, sin que la victoria acabe de decidirse por unos ni por otros.

Fuertes son los griegos de largas cabelleras; los dirige Agamenón, rey de hombres, y a su lado combaten los más brillantes héroes de las islas: el gran Diomedes, de indomable valor; el gigantesco Ayax, de ancho escudo; el prudente Ulises, rico en sabiduría, y el héroe de los héroes, Aquiles, el de los pies ligeros, hijo de una diosa del mar, que al nacer lo bañó en fuego celeste, haciendo su cuerpo invulnerable al hierro, excepto el talón por donde le tenía cogido al sumergirle en el baño.

Pero fuertes son también los troyanos, de tremolantes cascos, endurecidos en el largo asedio. El venerable Príamo, de barba blanca, es su rey. Con ellos combaten el divino Eneas, que ha de fundar el más vasto imperio del mundo, y los hijos de Príamo: Paris, el más bello de los hombres, y Héctor, domador de caballos, el héroe amado de su pueblo, cuya poderosa lanza ha sostenido la esperanza de los troyanos durante los nueve años de lucha.

Los dioses olímpicos también toman parte en el combate, protegiendo con su invisible poder a uno y otro campo. Minerva, la de los ojos claros, diosa de la sabiduría, y Juno, reina del nevado Olimpo, combaten al lado de los griegos. La blanca Venus, diosa del amor, y el fiero Marte, dios de la guerra, pelean al lado de los troyanos.

La belleza de una mujer es la causa de tan cruel guerra. Helena se llama, esposa de Menelao, rey de Esparta, la cual fue raptada de su patria por el amor de Paris, el brillante príncipe troyano, y permanece a su lado tejiendo tapices de púrpura en el palacio de Príamo.Hombres y dioses luchan día tras días frente a los muros de Troya, y la victoria no acaba de decidirse. Hambrientos y tristes están los troyanos, llorando el infortunio que la belleza de Helena ha traído sobre la ciudad. Y cansados de la inútil lucha están también los griegos, que acampan junto a sus negras naves de corva proa, cuyos maderos y cordajes se pudren carcomidos de algas y agua salada.

Un día el rey Agamenón injurió gravemente al héroe más valiente de sus ejércitos, al terrible Aquiles, arrebatándole una hermosa esclava ganada como botín en la batalla. Ante tal injuria la cólera del héroe se desató imponente y habló así al orgulloso rey:

— ¡Tu codicia te perderá, rey Agamenón, corazón de ciervo! Por vengar a tu familia, ultrajada por el rapto de la bella Helena, abandoné mi patria y combatí a tu lado. Pero si este es el trato que das a tus valientes, yo te abandono a tus fuerzas. Ni yo ni mis esforzados mirmidones pelearemos más junto a ti. Por este mi cetro, que antes fue árbol, lo juro; tan cierto como él no volverá a ser verde ni a dar hojas ni frutos, tus griegos han de acordarse de mí cuando yo no luche a su lado y caigan a centenares bajo el hierro de Héctor, el temido héroe de Troya.

Así habló Aquiles, el de los pies ligeros, golpeando furioso la tierra con su fuerte cetro remachado con clavos de oro. Y dicho esto se retiró a su tienda de troncos de abeto, adornada de escudos y pieles, y maldiciendo del rey comenzó a despojarse de su brillante armadura, arrojó su pesado escudo y su larga lanza de bronce, y lloró a su bella esclava con lágrimas amargas, pidiendo venganza a los dioses.

Al saberse estas noticias, el júbilo y la esperanza cundieron entre las filas troyanas, al mismo tiempo que el desaliento se apoderaba de los griegos, abandonados por el más grande de sus héroes. Muchos pensaron que allí era acabada la guerra, y ardiendo en deseos de regresar a sus hogares corrieron apresuradamente hacia las cóncavas naves, varadas en la orilla, dispuestos a botarlas al mar para partir.

Pero el prudente Ulises, empuñando el cetro de Agamenón, pastor de hombres, y arrojando al suelo su manto, corrió hacia las naves clamando:

— ¡Deteneos, héroes y príncipes de Grecia! ¿Qué desaliento o qué miedo puede impulsaros a abandonar así, como medrosas mujeres, el lugar donde tantos hermanos vuestros han perecido? El triunfo será nuestro al fin y en bien corto plazo. Un portento nos lo anunció cuando emprendimos el camino de Troya. Recordadlo: bajo un árbol hacíamos libaciones y sacrificios a los dioses, implorando su apoyo. De pronto un dragón rojo salió del altar y saltó al árbol, donde había un nido de gorriones con ocho crías. La madre piaba angustiada sobre ellos, y el dragón devoró, uno tras otro, a los ocho polluelos y a la madre, quedando luego convertido en piedra. Esto quería decir el prodigio: lo mismo que el dragón devoró entre gemidos a los nueve pájaros, nosotros lucharemos con dolor nueve años. Al cabo de este tiempo el triunfo será nuestro y Troya será destruida. Recordadlo y empuñad nuevamente las armas, héroes de Grecia. El triunfo será nuestro; el noveno año del asedio va a cumplirse.

Dijo el prudente Ulises, y sus palabras fueron acogidas con aclamaciones por los griegos, que, abandonando de nuevo las naves de corva proa, vuelven al campamento, empuñando sus lanzas y disponiendo para el combate los ágiles caballos y los carros sonoros.

Aquel día fue pródigo en hazañas por una y otra parte y rico en sangre de valientes. Abrazados y revueltos yacían por tierra amigos y enemigos.

Paris, el raptor de la bella Helena, culpable de la guerra, peleaba entre sus enardecidos troyanos, hermoso como un dios. De sus hombros colgaba una piel de leopardo, ceñían sus piernas fuertes grebas con hebillas de plata, su casco tremolaba al viento las largas crines y blandía en sus manos dos afiladas lanzas de bronce.

Al verle en el campo, Menelao, el esposo de la bella Helena, se lanzó hacia él, sediento de venganza, como el león contra el ciervo de enramadas astas. Pero la blanca Venus, viendo el peligro a Paris, su héroe predilecto, lo envolvió en una espesa nube, escondiéndole a los ojos de su adversario, al mismo tiempo que la flecha de un arquero hería a traición a Menelao.

Héctor, el del tremolante casco, el fuerte domador de caballos, orgullo y sostén de Troya, sembraba el espanto entre las filas griegas. Nadie podía resistir su empuje, semejante al del huracán en el bosque, y su hermano Paris, enardecido por la presencia del héroe, también luchaba esforzadamente a su lado.

Tal era el ardor de Héctor, que Minerva, la de los ojos claros, tuvo miedo de que su brazo decidiera en aquel día la victoria, y para evitarlo infundió en su corazón una loca soberbia, que le llevó a suspender la batalla, desafiando a los héroes griegos a luchar contra él solo, uno por uno.

Héctor dirigió a sus enemigos estas aladas palabras:

— Si vuestro campeón me vence en lucha leal, sean suyas mis armas, y entregue mi cadáver a los míos para que le hagan los honores fúnebres. Yo prometo hacer lo mismo si el triunfo es mío.

Un gran silencio reinó entre los griegos. Ante sus nobles palabras todos sentían vergüenza de rechazar el desafío; pero pocos se atrevían a aceptarlo.

Agamenón convocó a sus héroes, y nueve se adelantaron a luchar contra Héctor. Echadas las suertes, fue designado el gigantesco Ayax; el cual, orgulloso de pelear con tan esclarecido guerrero, avanzó hacia Héctor, guardándose detrás de su inmenso escudo.

Héctor arrojó su larga lanza de bronce, atravesando el escudo de Ayax; pero la afilada punta no llegó a la carne. Entonces el gigante lanzó la suya con vigoroso impulso, y atravesó el escudo de Héctor y la coraza, rasgándole la túnica y haciendo saltar la negra sangre. Pero no por eso se retiró Héctor del combate; sus manos cogieron un peñasco y lo lanzaron violentamente contra el escudo de Ayax, que resonó al fuerte golpe como un trueno. Luego desenvainaron las espadas, y acercándose uno a otro se disponían a seguir con ellas la lucha. Pero la noche venía encima y los heraldos suspendieron el combate, reconociendo el valor igual de griegos y troyanos. Entonces Héctor pronunció estas nobles palabras:

— Suspendamos, pues, el combate, ya que la noche se acerca. Pero separémonos como enemigos leales, haciéndonos ricos presentes, para que los tiempos venideros puedan decir en justicia que Héctor y Ayax han sabido pelear como leones y tratarse en la tregua con lealtad.

Y acercándose uno a otro, Héctor regaló a Ayax su espada guarnecida con clavos de plata. Ayax regaló a Héctor su tahalí de púrpura.

Desde que Aquiles, el de los pies ligeros, se retiró colérico a su tienda, los héroes griegos mueren a centenares delante de Héctor, y los troyanos se crecen día por día, a pesar de las portentosas hazañas del gran Diomedes y la fuerza del gigantesco Ayax y el valor del prudente Ulises, que habían jurado no regresar a su patria hasta que en Troya no quedase piedra sobre piedra.

Agamenón, rey de hombres, comprende al fin que el triunfo no estará de su parte mientras el terrible Aquiles no vuelva a combatir en sus filas. Y abatiendo su orgullo, decide ofrecerle nuevamente su amistad, devolviéndole la bella esclava que le arrebató y el regalo de sus carros de guerra, sus tesoros y lo mejor del botín que se tome el día en que en las murallas de Troya se rindan. Ayax y Ulises van a la tienda del héroe a llevar este mensaje, precedidos de dos heraldos. A la puerta de su tienda de ramas de abeto encuentran al divino Aquiles, cantando antiguas hazañas de guerra al son de una lira de plata. Su fiel amigo Patroclo le escucha en silencio, tendido a su lado en el suelo. El héroe recibe a los mensajeros, ofreciéndoles las libaciones y los manjares de la hospitalidad. Después escucha el mensaje de Agamenón, y sin ceder en su cólera responde estas orgullosas palabras:

— Los presentes de Agamenón me son odiosos. Soy tan poderoso como él, y para nada quiero la amistad de su corazón cobarde. Nada haré en favor de los griegos hasta que los troyanos lleguen en su victoria hasta la puerta misma de mi tienda. ¡Pero ay de Troya ese día!

Con estas palabras los mensajeros se retiraron llenos de tristeza a la tienda de Agamenón, rey de hombres.

Triste amaneció hoy el día para los griegos. El gran Diomedes, el prudente Ulises y el mismo Agamenón están heridos por la flecha y la pica. A su alrededor caen amontonados los mejores soldados de Grecia, y los troyanos, guiados por el tremolante penacho de Héctor, llegan ya hasta las mismas naves, lanzando teas ardientes para incendiarias.

Patroclo, conmovido ante el dolor de sus amigos, penetra en la tienda de Aquiles, que escucha impasible el fragor del combate. Y derramando ardientes lágrimas le habla estas aladas palabras:

— ¡Mal empleas tu valor, cruel Aquiles, cruzándote de brazos ante el dolor de los nuestros! Sólo la roca y el mar han podido engendrar tu duro corazón. Los mejores de nuestros héroes están heridos por la aguda flecha y la afilada lanza. Sólo Ayax resiste aún desde las naves, mientras los otros se revuelcan de terror ante Héctor, matador de hombres. Queda tú en la tienda si quieres cumplir tu palabra hasta el fin. Pero déjame a mí tus armas y tu carro; yo me presentaré con ellos en el combate, y los troyanos, confundiéndome contigo, retrocederán ante tu espada.

Dijo, y Aquiles, conmovido por el dolor de su fiel amigo, accedió a ello, entregándole no sólo sus armas, sino también el mando de sus hombres, los terribles mirmidones, que, lanzando gritos de júbilo, se aprestan al combate.

Patroclo toma las armas de Aquiles. Ajústase a las piernas sus grebas de broches de plata, protege su pecho con la labrada coraza, cuelga de su hombro la fuerte espada guarnecida de clavos de plata, embraza el ancho escudo y cubre su cabeza con el brillante casco, empenachado de largas crines de caballo. Sólo deja la poderosa lanza, que nadie más que Aquiles puede manejar. Y así armado, en el veloz carro de inmortales caballos, se lanza al combate seguido por los terribles mirmidones, a tiempo que en las naves griegas comienza a prender el incendio.

Al divisar el carro y las armas de Aquiles, el terror se apodera de los troyanos, que comienzan a huir en todas direcciones, retirándose de las naves y acogiéndose al amparo de las murallas.

Héctor, temblando de cólera, grita y combate animando a los suyos y conteniendo el ímpetu de los mirmidones con su lanza de bronce y su fuerte escudo guarnecido de pieles de toro.

El carro de Patroclo atropella a los que huyen; sus gritos y su lanza siembran la confusión en torno suyo. Los caballos troyanos, desuncidos, relinchan y galopan desbocados, como los torrentes que se despeñan bramando por las montañas cuando la tempestad descarga su lluvia sobre la negra tierra,

Sólo un héroe troyano se atreve a hacer frente a Patroclo, y cae desplomado bajo su lanza como la encina que se corta en el monte para tallar un mástil de navío.

Corto y brillante es el triunfo del héroe, que llega en su empuje hasta las mismas murallas. Un venablo le hiere, y las manos de los dioses desatan las correas de su armadura.

Por fin, el carro de Patroclo y el de Héctor se encuentran, y ambos se miran como el león y el jabalí que en la montaña se disputan un manantial. Pero Patroclo está herido: sus ojos se ciegan y el casco rueda de su cabeza. Así va a caer, desarmado, ante la lanza de Héctor, que se hunde en su carne. Patroclo, derribado en el suelo, pronuncia estas amargas palabras:

— No te alabes de mi muerte, orgulloso Héctor, que desarmado llegué a tus manos. Tampoco tú vivirás largo tiempo.

Así dijo, y la muerte le cubrió con su manto.

Cuando Aquiles supo por un heraldo la muerte de Patroclo, un gran grito de dolor estalló en su corazón. Derramó con ambas manos ceniza sobre su cabeza y se tendió llorando sobre el polvo.

Los mirmidones llevaron hasta su tienda el cadáver del héroe. Iba desnudo, porque Héctor, al vencerle, se apoderó, como botín, de su brillante armadura. Aquiles lloró, poniendo sus manos sobre el pecho del amigo. Mandó poner al fuego un gran trípode para calentar agua con que lavar la sangre. Lavó el cadáver y lo ungió con aceite. Después, colocándolo sobre el lecho, lo envolvió con una fina tela de hilo. Y toda la noche la pasó a su lado.Al día siguiente, furioso y terrible como nunca, el divino Aquiles, resplandeciente de nuevas armas fabricadas por los dioses, entraba en la batalla para vengar la muerte de su amigo.

El hermoso Héctor, domador de caballos, acudía al palacio de Príamo para despedirse de su esposa y de su hijo. Los ancianos y las mujeres lloraban, presintiendo un día de desgracia para los suyos. También lloraba la hermosa Helena por la suerte de Héctor, el único héroe que aún no la odiaba por la desgracia que su funesta belleza había traído sobre Troya.

Pero Andrómaca, la esposa de Héctor, no estaba en el palacio bordando tapices en medio de sus esclavas, sino que desde las altas murallas, con su hijo en brazos, miraba ansiosa hacia el campo de batalla.

Al encontrarse los esposos se abrazaron tiernamente. Héctor fue a besar a su hijo, pero el niño, asustado por el brillo de las armas y el tremolante penacho de crin de caballo, rompió a llorar de miedo, ocultando su cabeza contra el pecho de su madre. Entonces, olvidados por un momento del horror de la batalla, los esposos rieron, abrazados sobre el cuerpo del pequeñuelo.

Héctor se quitó el casco de largas crines, que dejó en el suelo, y tomó en sus brazos al niño, besándole con ternura. Andrómaca, sonriendo en medio de sus lágrimas, miraba a su brillante esposo y al niño, tan pequeño en sus brazos, mientras al otro lado de la muralla corría la sangre de los héroes.

— ¡Desdichado Héctor, esposo mío! —clamaba Andrómaca—. No te atrevas a luchar con el terrible rey de los mirmidones. Aquiles mató a mi padre en el sitio de Tebas, y mis siete hermanos han perecido también al empuje de su fuerte lanza. Ten compasión de tu esposa y de tu hijo, noble Héctor. No salgas hoy al combate; no te enfrentes con el invulnerable Aquiles, protegido de los dioses.

— Por la gloria de mi padre y de Troya —respondió Héctor—, no puedo retroceder ante Aquiles. Presiento que el fin de nuestra ciudad se acerca. Entonces nuestras mujeres serán condenadas a la esclavitud y nuestros guerreros serán pasto de los perros junto a las cóncavas naves. ¡Cierre la negra muerte mis ojos antes de presenciar tanta desdicha!

Y así diciendo, Héctor se cubrió nuevamente con su casco, y dando el último adiós a Andrómaca y a su hijo se alejó hacia el campo de batalla.

Muchos guerreros han perecido ya bajo la lanza del terrible Aquiles. Tantos, que las aguas del río Escamandro, que desemboca junto a las naves, se desbordan llenas de sangre. El héroe huye del río desbordado y llega, acorralando a los troyanos, hasta las mismas murallas. Allí sus ojos se encuentran con los de Héctor, y Aquiles lanza un alarido de júbilo al ver al matador de Patroclo. Su lanza es semejante al rayo; su escudo de cinco capas, de oro y bronce, con abrazaderas de plata, relumbra al sol, y su aspecto sólo es comparable al de Marte, dios de las batallas.

Héctor siente desfallecer su fuerte corazón ante el aspecto terrible y deslumbrante del héroe griego. Da unos pasos atrás, cegado por su esplendor; pero Minerva, la diosa de los ojos claros, queriendo perderle, se presenta a él revistiendo la forma de su hermano y le dice estas palabras:

— Ánimo, mi buen hermano. Luchemos juntos contra Aquiles.

Héctor, confortado por la presencia de su hermano, hace frente al héroe divino, y antes de trabar combate le habla estas aladas palabras

— Escúchame, brillante Aquiles. Uno de los dos ha de morir aquí. Si la victoria es mía, te despojaré de tus armas, pero no insultaré tu cadáver, que entregaré a los tuyos para que lo lloren. Prométeme tú lo mismo y sean los dioses testigos de nuestro pacto.

Pero, mirándole con torva faz, respondió Aquiles. el de los pies ligeros:

— No me hables, Héctor, de pactos que no pueden existir entre tú y yo, como no existen entre los leones y los hombres, ni entre los lobos y los corderos. Tú morirás hoy bajo mi lanza y los perros y los buitres destrozarán ignominiosamente tu cadáver, que arrastraré tres veces alrededor de la tumba de Patroclo.

Y así diciendo, arrojó con vigoroso impulso su larga lanza; pero Héctor se inclinó a tiempo, y la lanza de Aquiles se clavó temblando a su lado en el suelo. Minerva la recogió y se la devolvió a Aquiles sin que Héctor se diera cuenta.

El troyano lanzó la suya, que se clavó en el escudo del mirmidón, sin alcanzar a herirle. Volvióse a su hermano para pedirle una nueva lanza, pero su hermano había desaparecido. Entonces comprendió Héctor que todo había sido un engaño de los dioses, y que la hora de su muerte se acercaba. Y dispuesto a morir, empuñó su fuerte espada y se arrojó sobre Aquiles como el águila se lanza impetuosa desde las nubes sobre su presa en la llanura.

Pero Aquiles le esperaba a pie firme, y por las junturas de la coraza le hundió su larga lanza en la garganta. Así cayó Héctor, arañando con sus manos el polvo. Y habló al vencedor con apagada voz:

— Por tus padres te lo ruego, divino Aquiles: respeta mi cadáver, entrégalo a los míos y que los troyanos lo lloren en mi ciudad.

Dicho esto, la muerte le cubrió con su manto. Y su alma abandonó los miembros, llorando porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven.

Pero Aquiles no quiso escuchar su ruego. Le despojó de la ensangrentada armadura y llamó a los griegos, que acudieron, hiriendo todos el cadáver. Después, con tiras de piel de buey, le ataron por los pies al carro del vencedor y le arrastraron hasta las naves, chocando su cabeza contra el suelo y esparcida por el polvo su larga cabellera. Desde las murallas, Andrómaca y sus padres contemplaban el horrible espectáculo, desgarrando sus vestiduras y llorando lágrimas desesperadas.

Muchos días lloró aún Aquiles la muerte de su amigo Patroclo, insultando el cadáver de Héctor. Pero los dioses, compadecidos del héroe vencido, cuidaban de noche su cuerpo, lavándolo y cerrando sus heridas.Por fin, una noche hasta la tienda de Aquiles llegó el venerable Príamo, pastor de hombres y padre de Héctor. Y arrojándose a los pies del héroe abrazó sus rodillas y besó sus manos, suplicándole:

— ¡Apiádate de mi vejez, oh poderoso Aquiles! Acuérdate de tu padre, que tiene la misma edad que yo, y conmuévate el dolor de un anciano. He engendrado muchos hijos valientes, que han muerto defendiendo a su ciudad, y el más hermoso de todos, mi querido Héctor, gloria y sostén de Troya, yace aquí, insepulto, como un perro, junto a tus naves. Devuélveme su cuerpo para que los troyanos lo lloren, rindiéndole el culto debido a los héroes. Apiádate de mí, que por amor de Héctor he hecho lo que ningún otro hombre se atrevería a hacer en la tierra: besar las manos del matador de mi hijo.

Estas palabras conmovieron a Aquiles. Y el cadáver de Héctor, envuelto en una valiosa túnica, fue al fin devuelto a Troya.Los troyanos lloraron a gritos, por espacio de nueve días, sobre el cuerpo destrozado del héroe, cuya cabeza besaba Andrómaca desesperadamente.

Sobre una inmensa pira, en el campo de batalla, colocaron el cuerpo querido, prendiendo fuego a la leña. Apagaron luego con negro vino la llama y recogieron los blancos huesos y las cenizas en una urna de oro cubierta de púrpura. Y llorando lo volvieron en hombros a la ciudad.

Así celebraron los troyanos las honras de Héctor, domador de caballos.

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