Luis Mosquera – Sofonisbe (Tradición clásica)

Sofonisbe

La tierra, ahita de sangre, semejaba dormir, fatigada bajo el peso de los cadáveres que cubrían el extenso campo de batalla. Revueltos, en hacinamientos informes, yacían, rotas las ruedas, los carros de combate; y los caballos, que al morir, adquirieron absurdas posiciones: encogidas las patas, tenso el cuello, como en los galopes desenfrenados; y los elefantes gigantescos, acribillados de flechas, con los vientres abiertos por el terrible golpe de las espadas romanas. Al fondo, la plaza fuerte de Cirta, era una colosal hoguera, alzando en la noche el ígneo penacho de sus llamas. Al fulgor del incendio advertíanse, tendidos sobre las murallas, torsos desnudos de mujeres, con los senos mordidos por las bocas lascivas de los soldados que las violaron antes de darles muerte; cuervos voraces batían sus negras alas bajo el esplendor de las estrellas, volando lentamente; las hienas, hundidas las zarpas en las vísceras desgarradas, los desafiaban aullando.

El campamento númida, con sus tiendas negras, evocadoras de los arenales del desierto, aparecía formado junto al romano, y, en ambos, era completo el silencio. Las tropas descansaban, embriagadas de victoria y de matanza. Únicamente en la tienda de Escipión y en la de su aliado, Masinisa, se notaba bullir de soldados y siervos. El Príncipe númida, tendido sobre un lecho que cubría una piel de tigre, permanecía en una extraña inmovilidad desde que terminó el combate. Los esclavos continuaban entrando los vasos y las joyas del tesoro de Sifax, el rey vencido. Pero ni las bandejas de oro, ni las ánforas de esbeltos cuellos, parecidos a lises de pórfido, ni las copas panatenáicas, traídas de la Italia durante las expediciones de Amilcar, ni los trípodes representando cuerpos de satirillos, finos como tirsos, bastaban para sacarle de su abstracción. Aún tenía ceñido el coselete que se ajustaba bajo su ancho pecho desnudo; un manto de púrpura caía sobre uno de sus hombros, sujeto bajo el atlético brazo, apto para manejar el enorme escudo forrado de pieles curtidas; grandes aros de oro pendían de sus orejas, entre la revuelta cabellera negra, y en las dilatadas órbitas, revolvíanse sus pupilas con la fiereza de las de los tigres.

El pasado cruzaba ante él en atropellada avalancha de recuerdos.

La Numidia estaba dividida entre Masinisa y Sifax, los dos enemigos eternos. El primero servía en el ejército cartaginés y era el segundo aliado de los romanos. Asdrúbal, para atraerse a Sifax, le dio por esposa a su hija Sofonisbe, a quién también amaba Masinisa. Entonces, este Príncipe, exasperado por los celos, declaró la guerra a su rival, siendo derrotado y perseguido hasta las llanuras de Clipea, donde, hallándose cercado por todas partes, ante el peligro de ser hecho prisionero y llevado a presencia de la mujer odiada por amor, cargado de cadenas, como un vil esclavo, logró salvarse a fuerza de audacia: seguido de sus fieles númidas, curvados los cuerpos sobre los cuellos de los caballos, avanzan en un quimérico galope, entre las filas enemigas; relampaguean bajo el sol las espadas, blandidas con salvaje furia; se llena el aire de relinchos y de gritos feroces, y vencida por sorpresa la resistencia, quedan allá, en la lejanía, los pardos albornoces, flotantes en el azul suntuoso del cielo del desierto…

Cuando Escipión desembarcó en Buen Promontorio, Masinisa salióle al encuentro y le ofreció sus servicios. Ahora, habían derrotado a Sifax, y este, su esposa, sus tesoros, la plaza fuerte de Cirta, todo cayó en poder del indomable Príncipe. La Venganza le brindaba su copa de odios, mientras él teníala asida por la cabellera de sierpes.

Un decurión, presentándose en la puerta de la tienda, distrajo la atención de Masinisa.

— Te traigo un despacho del Cónsul —dijo el romano alargándole una tablilla de cera.

La leyó a la luz de la antorcha de recina que ardía clavada en una pica. Escipión le ordenaba la entrega de Sofonisbe para enviarla a Roma como presente de guerra.

— Dile al Cónsul que será obedecido.

El decurión hizo un saludo y salió de la tienda.

Al quedarse solo, el Príncipe arrojó la tablilla con un gesto de cólera. La orden de Escipión no podía cumplirla. Sofonisbe, la mujer ensoñada en las noches ardientes de los arenales, a través de los claros encajes de estrellas, la deseada de su corazón indomable, la que era para él como el agua pura de los oasis y las sombras de las palmeras, no podía entregarla a los romanos, que acaso la destinaran para sierva de algún viejo patricio, borracho y lascivo.

Hizo una señal a un esclavo negro, que desde un rincón espiaba atentamente los movimientos de su amo.

— Di que traigan a la cautiva.

Partió el esclavo.

Masinisa tomó una de las copas de oro, vertió en ella el contenido de un pomo que llevaba colgado a la cintura, y esperó, en pié, con los atléticos brazos cruzados sobre el ancho pecho desnudo, erguida la cabeza de la revuelta cabellera negra.

A poco, llegaron dos soldados trayendo a Sofonisbe. La habían despojado de sus ropas y su joyas, y venía cargada de cadenas, que le sujetaban las manos y los pies. Masinisa ordenó que se las quitasen y con un ademán despidió a los soldados. Después, brutalmente, arrojó a Sofonisbe sobre el lecho que cubría una piel de tigre.

Aquella, encogióse como una fiera herida, dirigiendo una mirada atónita a su alrededor. Así permanecieron largo rato. Ninguno de los dos hablaba. Luego, ella comenzó a extenderse, lentamente, semejante a una pantera que se despereza, hasta quedar boca abajo, apoyados los codos en el lecho y la barba en las manos. Su larga melena, de azulados reflejos, caíale por la espalda desnuda, cubriendo las caderas amplias. Su piel oscura, brillaba al rojizo fulgor de la antorcha de recina.

Masinisa interrumpió el silencio. Habló con voz sorda, entrecortada, adivinándose el deseo en un hervor de cólera.

— Ya ha terminado todo —dijo—. Ya no tienes reino, ni esposo, ni joyas… Ya eres mía; ¡ya estás en mi poder…!

Sofonisbe inclinó la cabeza bajo el pesado manto de sombra de sus cabellos y tornó a quedar inmóvil y silenciosa.

— ¿No imploras mi piedad? ¿No temes nada de mí? —continuó el Príncipe— Ahora eres más altiva, más audaz que cuando te conocí, en el palacio de Asdrúbal, tu padre, cuando la cadenilla de oro, símbolo de virginidad, enlazaba tus tobillos… ¡Entonces, tenías la cándida gracia de las alondras que cantan al alba! Ahora, no. ¡Has sido reina! Has visto los campos de batalla desde la áurea torre de tu elefante blanco, abanicada por tus esclavas, al lado de tu esposo, que te besaba en los ojos. Has presenciado mis derrotas, has enardecido a las tropas que me perseguían…

Calló un instante. La piel oscura del cuerpo de la hembra, brillaba al rojizo fulgor de la antorcha de recina.

— ¿Te acuerdas, te acuerdas, Sofonisbe? Yo te he contemplado, yo te he contemplado en la terraza del palacio de Asdrúbal, tu padre, mientras tus siervas etíopes te hacían el tocado. He visto trenzar lus cabellos con hilos de diamantes y los he comparado a los siderales caminos, fulgurantes de constelaciones. He visto pulir tus uñas, teñirlas de púrpura y colocar anillos en los dedos de tus pies; te he visto prender el velo, que, como el de Tanit, tenía bordados los signos zodiacales, y te he visto danzar bajo la luna, al dulce son de los monocordios. Tu carne se adivinaba tras los linos sutiles, del color de los dátiles en racimos que empavesan de oro las copas de las palmeras. ¿Te acuerdas, te acuerdas, Sofonisbe? Paseábamos entre los arrayanes del jardín. Un tigre domesticado seguía nuestros pasos mansamente. Yo, entonces, era muy joven; mi puñal, mi precioso puñal de mango de oro, guarnecido de gemas, aun no se había manchado de sangre; tus manos, que olían a canela, acariciaban los laureles-rosa, y las palomas venían a rozar tu frente con la nieve de sus alas…

Interrumpióse, y después, sacudiendo la revuelta cabellera negra, como si despertara de un sueño:

— Ya ha terminado todo —exclamó—. Eres prisionera de los romanos y en breve harás las delicias de algún viejo patricio.

Sofonisbe se incorporó y, fieramente, le miró a los ojos.

— No temas —prosiguió Masinisa—. Toma, esto te salva.

Y le alargó la copa del veneno. Ella, comprendiendo, la apuró en silencio.

— Ese es mi presente nupcial. Nuestras bodas van a realizarse en esta última hora de tu vida.

Se arrojó sobre ella y fundiéronse sus cuerpos como dos bronces.

Amanecía. En el campamento númida, las tropas entonaban un canto tradicional, golpeando a compás los escudos con el puño de las espadas.

Masinisa sentía entre sus brazos atléticos aquel cuerpo tan deseado, estremecido por espasmos de placer y de agonía.

Cuando se alzó, Sofonisbe rodó del lecho, muerta ya. Poseído de terrible desesperación, salió fuera de la tienda, oyéndose el jubiloso alarido con que le aclamaban sus soldados. Sacudió con furia la altiva cabeza y los aros de oro de sus orejas le azotaron las mejillas. Señalando hacia Cartago, gritó:

— ¡Venganza!

— ¡Venganza! gritaron todos y ¡venganza! repitieron los ecos.

El sol, remontándose en el azul, arrancaba destellos cegadores a las insignias militares del campamento romano que comenzaba a formarse en orden de batalla.

(De Luis Mosquera, “Sofonisbe”, en Grecia. Revista de Literatura año I, nº IV, 1 de diciembre de 1918, pp. 11-14)

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1975.33(Giambattista Tiepolo, La muerte de Sofonisba, ca. 1760, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid)

 

8a8ee105-1ab3-4a23-82c0-4aeeb80f3437(Paolo Domenico Finoglia, Masinisa llorando la muerte de Sofonisba (?), Museo del Prado, Madrid)

Fuentes:

  • Livio XXIX, 23 y XXX, 3, 7, 12 – 15.
  • Polibio, Historia Universal durante la República Romana XIV, 1,7
  • Apiano, Las Guerras Extranjeras, “Las Guerras Púnicas” 10, 27, 28

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