Leyendo a Cavafis: Los caballos de Aquiles

 

Τα Άλογα του Aχιλλέως

(Leído por Σουλιώτης Μίμης, Ανέκδοτη ηχογράφηση, Αθήνα, 2002)

Τον Πάτροκλο σαν είδαν σκοτωμένο,
που ήταν τόσο ανδρείος, και δυνατός, και νέος,
άρχισαν τ’ άλογα να κλαίνε του Aχιλλέως·
η φύσις των η αθάνατη αγανακτούσε
για του θανάτου αυτό το έργον που θωρούσε.
Τίναζαν τα κεφάλια των και τες μακρυές χαίτες κουνούσαν,
την γη χτυπούσαν με τα πόδια, και θρηνούσαν
τον Πάτροκλο που ενοιώθανε άψυχο —αφανισμένο—
μια σάρκα τώρα ποταπή —το πνεύμα του χαμένο—
ανυπεράσπιστο —χωρίς πνοή—
εις το μεγάλο Τίποτε επιστραμένο απ’ την ζωή.

Τα δάκρυα είδε ο Ζευς των αθανάτων
αλόγων και λυπήθη. «Στου Πηλέως τον γάμο»
είπε «δεν έπρεπ’ έτσι άσκεπτα να κάμω·
καλλίτερα να μην σας δίναμε, άλογά μου
δυστυχισμένα! Τι γυρεύατ’ εκεί χάμου
στην άθλια ανθρωπότητα πούναι το παίγνιον της μοίρας.
Σεις που ουδέ ο θάνατος φυλάγει, ουδέ το γήρας
πρόσκαιρες συμφορές σας τυραννούν. Στα βάσανά των
σας έμπλεξαν οι άνθρωποι.»—Όμως τα δάκρυά των
για του θανάτου την παντοτινή
την συμφοράν εχύνανε τα δυο τα ζώα τα ευγενή.

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Los caballos de Aquiles

Cuando vieron que Patroclo había sucumbido,
tan valeroso él, tan fuerte y joven,
los caballos de Aquiles se entregaron al llanto:
les indignaba en su inmortal naturaleza
el contemplar esa obra de la muerte.
Sacudían sus testas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con sus cascos, y se lamentaban
por Patroclo, al que sentían inerte, devastado;
ya mera carne sin valor, su espíritu perdido;
indefenso, sin aliento.
Vuelto ya desde la vida a la gran Nada.

De los inmortales caballos vio Zeus las lágrimas
y sintió pena. «En las bodas de Peleo»,
dijo, «no debí obrar con tanta insensatez: ¡mejor
que os hubiera dado en obsequio, caballos míos
desventurados! ¿Qué se os habrá perdido aquí
entre los míseros humanos, los juguetes del destino?
Vosotros, que ni os guarda la muerte, ni la vejez,
pasajeras desgracias os someten. En sus propios tormentos
os enredaron los hombres». Pero sus lágrimas,
por la durable desgracia de la muerte,
seguían derramando esos dos nobles animales.

(Traducción: Juan Manuel Macías, en C. P. Cavafis, Poesía completa, Pre-Textos, Valencia, 2015)

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Homero, Ilíada XVII, 426-447:

ἵπποι δ᾽ Αἰακίδαο μάχης ἀπάνευθεν ἐόντες
κλαῖον, ἐπεὶ δὴ πρῶτα πυθέσθην ἡνιόχοιο
ἐν κονίῃσι πεσόντος ὑφ᾽ Ἕκτορος ἀνδροφόνοιο.
ἦ μὰν Αὐτομέδων Διώρεος ἄλκιμος υἱὸς
πολλὰ μὲν ἂρ μάστιγι θοῇ ἐπεμαίετο θείνων,
πολλὰ δὲ μειλιχίοισι προσηύδα, πολλὰ δ᾽ ἀρειῇ:
‘τὼ δ᾽ οὔτ᾽ ἂψ ἐπὶ νῆας ἐπὶ πλατὺν Ἑλλήσποντον
ἠθελέτην ἰέναι οὔτ᾽ ἐς πόλεμον μετ᾽ Ἀχαιούς,
ἀλλ᾽ ὥς τε στήλη μένει ἔμπεδον, ἥ τ᾽ ἐπὶ τύμβῳ
ἀνέρος ἑστήκῃ τεθνηότος ἠὲ γυναικός,
ὣς μένον ἀσφαλέως περικαλλέα δίφρον ἔχοντες
οὔδει ἐνισκίμψαντε καρήατα: δάκρυα δέ σφι
θερμὰ κατὰ βλεφάρων χαμάδις ῥέε μυρομένοισιν
ἡνιόχοιο πόθῳ: θαλερὴ δ᾽ ἐμιαίνετο χαίτη
ζεύγλης ἐξεριποῦσα παρὰ ζυγὸν ἀμφοτέρωθεν.

μυρομένω δ᾽ ἄρα τώ γε ἰδὼν ἐλέησε Κρονίων,
κινήσας δὲ κάρη προτὶ ὃν μυθήσατο θυμόν:

ἆ δειλώ, τί σφῶϊ δόμεν Πηλῆϊ ἄνακτι
θνητῷ, ὑμεῖς δ᾽ ἐστὸν ἀγήρω τ᾽ ἀθανάτω τε;
ἦ ἵνα δυστήνοισι μετ᾽ ἀνδράσιν ἄλγε᾽ ἔχητον;
οὐ μὲν γάρ τί πού ἐστιν ὀϊζυρώτερον ἀνδρὸς
πάντων, ὅσσά τε γαῖαν ἔπι πνείει τε καὶ ἕρπει.

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Los corceles de Aquileo lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles permanecían aquellos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo; de sus párpados se desprendían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y caídas a ambos lados del yugo.

Al verlos llorar, el Cronión se compadeció de ellos, movió la cabeza, y hablando consigo mismo, dijo:

— ¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que, tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra.

(Traducción: Luis Segalá y Estalella)

De-Chirico-Los-divinos-caballos-de-Aquiles-1963

Giorgio de Chirico, Los divinos caballos de Aquiles (1963)
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2 respuestas a Leyendo a Cavafis: Los caballos de Aquiles

  1. La traducción del segundo texto no corresponde a esos versos. En el texto griego Zeus, ante la muerte inminente de Sarpedón, duda si salvarlo o no, y Hera le replica que, si lo hace, todos los demás dioses querrán oponerse también al destino, salvando a sus favoritos

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